Lo más difícil de London Marathon

Lo más difícil de la Maratón de Londres, dicen, es llegar... a largar.

Y no se trata, claro, de las dificultades de trasladarse desde el centro de la ciudad hacia Greenwich, donde se concentran todas las salidas, desde la elite cada vez más calificada hasta los aficionados cada vez más ilusionados, que eso lo soluciona la organización más profesional, para ellos, y el más que eficiente transporte público, para el resto de los mortales. La dificultad, en todo caso, radica en el trámite casi utópico de conseguir ese dorsal que, particularmente para esta edición 2018 batió el récord mundial de preinscripciones para someterse a una lotería que mucho honor le hace a ese nombre. De 386.050 soñadores (327.516 de ellos británicos), sólo poco más de 50.000 consiguieron (conseguimos) el ansiado dorsal por diferentes vías, 15.000 de ellos por la vía de la caridad, convirtiendo a la carrera en la más solidaria del mundo en recaudación para esos fines.

De todos modos, sólo serán (seremos)  41,469 corredores, por distintas razones, los que estén (estemos) en la deseada línea de largada.

Hasta allí se llega, está dicho, muy fácil. A las diferentes opciones que ofrecen las redes de subterráneo (el famoso tube) y tren (el DLR, en este caso) combinadas, hay que agregarle que el dorsal funciona como pasaje gratuito y en todas las estaciones hay empleados dispuestos a abrir las puertas ubicadas junto a los molinetes y a desear suerte en lo que viene. No es imprescindible el mapa ni la aplicación, además: basta con seguir la procesión de corredores, inconfundiblemente vestidos, que parten desde todos los rincones de Londres para armar la carvana hacia la misma zona, aunque no necesariamente el mismo sitio. En su búsqueda constante de mejorar, la organización de la carrera previó para esta edición tres corrales con diferentes puntos de salida: recién en la milla 3, sobre la John Wilson Street, nos encontraremos quienes partimos desde el Corral Rojo con quienes lo hicieron desde el verde y el azul.   

Pero para eso falta, todavía, cuando el tren se detiene en la estación Greenwich. Faltan más de dos horas para las 10 y la caminata ya masiva es por callejuelas de postal británica y entre pubs ya o todavía abiertos. No hay que hacer muchas cuadras para ingresar al Greenwich Park, un paraíso verde sobre el que brilla un sol radiante, que reluce más porque levanta la humedad del pasto y de las copas de los árboles. Lejos, muy lejos de los severos controles de seguridad del área de largada de Nueva York, por ejemplo, se cruza un arco hacia el espacio exclusivo para corredores casi sin advertirlo. Hacia la izquierda están alineados los camiones de correo que llevarán las bolsas con pertenencias hasta la llegada, divididos por los números de dorsal. No será necesario descartar ropa de abrigo, esta vez, porque la temperatura, que ha sido noticia de tapa en todos los diarios, es lo suficientemente alta como para meter en la bolsa todo lo que sobra y quedarse ya con la ropa de correr.

Así se camina por allí como quien está en un domingo de picnic, de esos que se ven en las películas. Un par de pantallas nada espectaculares por su tamaño trasmiten las primeras largadas, a partir de las 8.55, los atletas disminuidos visuales y en silla de ruedas. A las 9.15, la elite de mujeres, que promete batalla con Mary Keitany: demasiado bien le fue el año anterior como para no aspirar a más en este. A las 10, junto con el resto de los mortales, partirá la elite de hombres, con el gran Elliud Kipchoge al frente.

Mientras tanto, es cuestión de respirar el #SpiritOfLondon, el espíritu de Londres, que es más que un hashtag. Según Hugh Brasher, el director de la prueba -hijo del creador de la versión moderna de esta carrera, en 1981- lo ha explicado así: “Hace un año, en esta misma maratón, millones de personas alrededor del mundo se conmovieron de Matthew Rees, que de despreocupó de su propia carrera para ayudar a llegar a David Wyeth, sobre la mismísma The Mall. Ese momento refleja como nada el espíritu de la maratón de Londres. Para muchos, correr aquí es una experiencia que te cambia la vida, una extraordinaria demostración de camaradería entre corredores, voluntarios y espectadores, en una atmósfera única”.

Esa atmósfera de la que Brasher habla se respira ya en el parque de Greenwich. Faltan poco más de treinta minutos para la diez de la mañana, la hora señalada, y el sol pega cada vez más. Ya instalado en el Corral 3 de la Zona Roja de largada de la London Marathon, la música festiva de las diferentes partidas por categoría se escucha algo más lejos y las pantallas que las magnifican tampoco están demasiado cerca como para distraerse o motivarse con ellas. Apenas se oye el murmullo de otros corredores en lenguas de las más diversas, aunque todos hablamos de lo mismo. Momento y sitio ideales, entonces, ahora sí, para concentrarse.

Para pensar, primero, en el camino recorrido, tan zigzagueante y fascinante como el rio que le da identidad a esta ciudad. Muchas cosas han pasado desde aquella maratón de Nueva York, menos de seis meses atrás, que dejó su huella. “Lo mejor es el camino” suele decirse de la preparación para correr los 42,195 km y esta no ha sido la excepción. La novena maratón, quinto Major, después de Berlin 2013, Dubai 2014, Nueva York 2014, Tokyo 2015, Chicago 2015, Chicago 2016, Nueva York 2016 y Nueva York 2017, obligó a esfuerzos que al fin y al cabo son aprendizajes.

Como la lección que que sentí haber aprendido (y así escribí entonces) al terminar mi último fondo largo, de 32K, cuando faltaban 29 días largar en Londres, después de recorrer un hermoso circuito que arrancó en la puerta de mi casa, en el Bajo de San Isidro, y llegó hasta el puente que une la avenida Figueroa Alcorta con la avenida Cantilo, después de pasar por Acassuso, Martínez, Olivos, Vicente López y Núñez.

Otra vez sin mirar el reloj. Sólo al partir, sólo a la altura de la media maratón, sólo al llegar. Solo, también, porque eso elegí. Siempre es mejor con los compañeros del #MiguelesTeam, que me alentaron al pasar por Paraná y el río, pero quería hacerlo solo, otra vez, con mi cabeza y mis pensamientos, además de mis piernas al ritmo que las piernas quisieran. Sin dolor, aunque los malditos gemelos avisaron en el 24K que allí estaban, un poco tiesos, pero también dispuestos al esfuerzo.

Fue aquel sábado de marzo cuando se empezó a pergeñar el Plan D: sentí que había disfrutado, sentí que iba a disfrutar. Con los pies sobre la tierra. Que eso trasciende el tiempo. Y los tiempos también. 

En eso pienso, entonces, por momentos con los ojos cerrados, mientras es el reloj el que corre hacia las 10 de la mañana, hora de largada. También pienso en las actividades que he incorporado, para sumarlas al trabajo habitual y cada vez más preciso a las órdenes de Luis Migueles: osteopatía, primero, y yoga, después. La tensión muscular y la falta de flexibilidad me habían pasado factura en las últimas maratones, aunque no se trataba sólo de una cuestión muscular: también era necesario despejar la mente. Además, claro, de descansar y dormir más, opciones estas últimas sólo posibles renunciando a un trabajo hermoso, como las primeras mañanas en No Somos Nadie, junto a Juan Pablo Varsky. Otras “D”, entonces, para ese plan al que sólo le faltan minutos para empezar a ejecutarse. Dormir, descansar, para después disfrutar…

La primera señal es God Save the Queen, que empieza a sonar. La segunda, la caminata hacia adelante, junto con el resto, tan típica de la cuenta regresiva hacia la cuenta regresiva. Y esa, justamente, es la tercera: el clásico “10, 9, 8…”, en lenguaje universal. La tercera es el timbre de largada, que hace sonar desde lejos la propia Reina de Inglaterra, porque esta no es una carrera más, esta es una carrera única, a 110 años exactos de la primera vez que, aquí mismo, a los 42 kilómetros se le agregaron 195 metros, en los Juegos Olímpicos de 1908.

Si se dice, con relativa razón, que lo más difícil de la maratón de Londres es llegar a la línea de largada, lo objetivamente cierto es que lo más fácil son sus primeros 12 kilómetros, en pronunciada bajada y por callejuelas tan británicas que parecen una postal. Se puede dividir la maratón de Londres en cuatro grandes etapas, por las zonas geográficas que atraviesa, y la primera se denomina, precisamente, Greenwich.

El impulso en el comienzo es igual de entusiasmante para la elite más avanzada (Elliud Kipchogue y compañía arrancaron como para bajar el récord mundial por un par de minutos) como para el aficionado más inexperto. Ubicado entre los amateurs conscientes, con ganas de avanzar hacia la clase de aficionados con pretensiones, cumplí con mi promesa de no dejarme llevar por la euforia (un error personal recurrente) y me mantuve en mi ritmo modesto, pero realista. Pasé por el Cuty Sarks, el emblemático barco en la marina de Greenwich, una de las fotos clásicas en los paseos turísticos londinenses más amplios, alrededor de los 12K de carrera, en un estable paso de 5’25, tal cual estaba previsto.

Le había propuesto a mi entrenador dividir la carrera en bloques de 5K, más el bonus track del cierre. No es lo más usual, pero además de estar marcado el circuito con señales milla por milla y, justamente, cada 5 kilómetros, algo usual en las Majors, también en este caso ese recorrido dividido en cuatro partes tiene puntos de referencia que encajan dentro de esos parámetros de distancia.

Por ejemplo, uno empieza a despedirse de Greenwich alrededor de los 15K, al dejar Quebec Way para girar en Selter Road y Brunel Road, ya con el Thames a la derecha y encarar de lleno la segunda parte de London Marathon, una de las más hermosas: la zona de Tower Bridge. Los 20K están marcados precisamente sobre el Tower Bridge, otro símbolo de la ciudad y la carrera, de eso que gratifican y motivan. Por allí arriba, con público que alienta desde ambos lados, cruzo al ritmo previsto, mirada al frente, pecho inflado, braceo intacto, pisada precisa. Y así paso la media maratón, en la larga recta de The Highway, donde veo venir de frente a la segunda línea de la elite, ya transcurriendo los 35K ellos, incluso con un Adola demorado mezclado por allí… Me sobra aire para gritarle “¡Genio, Adola!” cuando su hombro derecho queda a poco más de un metro del mío, separado apenas por un guardrail. Va con un trote que parece gentil, muy lejos de los líderes, pero evidentemente a decidido terminar la carrera a abandonarla, algo poco común en los profesionales. Me pregunto qué le habrá pasado a ese atleta que supo sorprender a más de uno en carreras grandes cuando cruzo casi sin darme cuenta el 25K, bajando al mismo ritmo parejo por Westferry Road, antes de girar hacia arriba de nuevo, por Eastferry Road, hacia la tercera etapa de London Marathon: Canary Wharf.

A partir de entonces, algo sucede. A los que ya habían pasado más de una hora antes, la elite; a los que venimos una hora y más detrás, los simples mortales. El circuito en esta zona se convierte en un verdadero laberinto de túneles y de retomes, de (no tan) pequeñas subidas y de (bienvenidas) bajadas que provocan que los relojes se vuelvan locos. Y la mente de cada uno también. Demente o no, la pantalla del Garmin deja de marcar los parejitos 5’20 / 5’25 para sumergirse en los preocupantes 5’30 / 5’50. Pero no es sólo eso. También empiezan a registrarse una cantidad jamás vista de abandonos: corredores y corredores desplomados al costado del camino, atendidos por los equipos de emergencia. Muchos de ellos con máscaras de oxígeno, otros trasladados en camillas. Había visto alguno pasada la media maratón, pero en este tramo llego a contar casi veinte. Tal vez uno de ellos haya sido Matt Campbell, el chico de 28 años, famoso en Inglaterra por su participación el programa televisivo Master Chef, que colapsó en plena competencia –de la que participaba en memoria de su padre, fallecido por muerte súbita un año y medio atrás- y murió horas después en un hospital.

Empiezo a ver, también, a muchos corredores caminando, con los brazos en jarra y la mirada clavada en el asfalto. El calor y la humedad habían sido tema de tapa de los diarios en las jornadas previas y lo fue en el desarrollo de la carrera, aunque para un sudamericano los 25° fueran normales. Algo había, algo hubo, en la atmósfera que atrapó a todos, incluso a los ganadores. La temperatura le jugó una mala pasada a varios, sobre todo a los locales, mayoría y poco acostumbrados. Pero también es cierto que entre el récord de inscriptos y participantes también hubo récord de debutantes. Concretamente, el 58% de aquella cifra récord de preinscriptos…

La cabeza vuelve a jugar con viejos recursos de supervivencia: se encara la milla 20 (o sea, una ciénaga más que un muro entre el 30K y el 35K) para salir de ese encierro de vueltas y desniveles con una idea en la mente: “Sólo quedan seis vueltas y un poquito al lago del Rosedal, #NuestroCentralPark).

A esa altura, claro, los extraterrestres ya llegaron. Kipchoge no logró el récord que tanto busca, pero cumplió en ganar la carrera: 2h4m 17 para el mejor maratonista de la actualidad. Tercero llegó el dueño de casa, Sir Mo Farah, con récord británico de 2h6m21. Entre las mujeres, Mary Keitany, que el año pasado había reinado, esta vez largó con pacer varones para ir por la  marca mundial. Pero no pudo sostener su ritmo y terminó quinta. El triunfo fue para Vivian Cheruiyot (2h18m31). Me enteraré después de todo eso, claro.

Mientras tanto encaro, con decisión y con más mentalidad que piernas, hacia la cuarta etapa, la más hermosa y gratificante: Westminster. Ahora es la recta de The Highway, pero en sentido contrario, en la misma dirección en la que hace un rato venían los elite de segunda línea y Adola demorado. Hacia adelante están Lower Thames Street, primero, y Upper Thames Street, después. Sólo es cuestión de correr.

El griterío del público se vuelve futbolero, como si Tottenham y Mancherter United estuvieran jugando de nuevo ese partido que disputaron en Wembley ayer nomás, por la semifinal de la FA Cup. Pero, esta vez, ni siquiera recurro a ese aliento para seguir. Elijo, esta vez, ponerme un punto fijo delante, perfecciono mi braceo y mi pisada, armonizo mi respiración y me repito, como un mantra: “Disfrutá, reí, disfrutá, reí, disfrutá, reí…”.

Hace rato que no miro el reloj. Hace rato que me sirvo de todos y cada uno de los puestos de hidratación, incluso de los agregados por la organización a causa de la temperatura. Me tomo todas las aguas Buxton, en botellitas de tamaño ideal y con sus tapas a presión ya gentilmente abiertas por los voluntarios, como para no perder tiempo ni siquiera en eso. Me tomo también todas las Lucozade Sport, aunque sean demasiado dulces y concentradas y hayan mandado al baño a más de uno. Ya sobre el final, consumo el cuarto gel, tal cual me lo indicó Karen Cámera, mi nutricionista.

Sólo por el rabillo del ojo veo a mi izquierda el Tower Bridge, otra vez. Sólo por el rabillo del ojo veo a mi izquierda el London Bridge. Sólo por el rabillo del ojo veo a mi izquierda la rueda gigante del London Eye. Se que, a esa altura, ya han llegado a la meta mis compañeros de aventura. La gran Clarisa Ríos, amiga entrañable; el gran Pato Strauss, uno de esos que corren desde antes que esto fuera una moda; el gran Colo Mourglia, colega y corredor empedernido. “¡Vamos, Arcucci, que ya la tenés!”, me grita alguien y reconozco la voz, primero, y la cara, enseguida, del gran Roberto Fusaro, ultramaratonista, compañero del Migueles Team, que está allí alentando a su mujer y también compañera Carla Grassi. Llega casi conmigo, pero a ella no la veo…

Veo, sí, que estoy a la altura del Westminster Bridge, para girar a la derecha y encarar el arbolado kilómetro que desemboca en el Buckingham Palace. Entonces, sólo queda doblar a la derecha, y a la derecha otra vez, para ver delante el arco de llegada, sobre la embanderada The Mall.

Un atleta, un atleta de verdad por su aspecto y por su vestimenta, es atendido allí mismo, a sólo doscientos metros de la llegada. Lo veo mirar hacia el arco, aunque imagino que lo ve borroso. Tambalea y quiere escaparse de quienes tratan de ayudarlo. Lo logra y vuelve a correr. Quiero creer que va a llegar, y llega. Como llego yo. Riéndome, disfrutándolo.

Ignoro el tiempo. No por no saberlo, sino por dejarlo de lado. Confidencialmente, quería que fueran menos de tres horas y tres cuartos. Conscientemente, sé que son más de cuatro horas. Íntimamente, siento que soy feliz. Que el Plan D (disfrutar, sobre todas las cosas), está cumplido.