Llegar como sea

Detesto el como sea. Pero en mi tercera TCS New York City Marathon fue llegar como sea. Y hay una historia para contar. Porque las maratones dejan eso, historias.

Hace casi exactamente un año, en esta misma ciudad, Nueva York, y en este mismo acontecimiento, su maratón, Sergio Zilberman, otro de esos locos que corren, se me apareció de pronto en el kilómetro 23 y pico, justo antes de encarar el temible Queensboro Bridge. Teléfono en mano, no tuvo mejor idea que hacer un Facebook live mientras corríamos, a muy buen ritmo, por cierto. Al punto que la ciénaga, como me gusta definir a ese tramo de la carrera, o la cinta que va para atrás, según el acertado paralelismo de Lucía Bagaloni, pareció entonces todo lo contrario: un jardín, a pesar de sus oxidados hierros y su discordante silencio, o una cinta que iba para adelante.

Casi exactamente un año después, no pude menos que pensar en él, justo después de dejar atrás la fiesta que proponen Brooklyn –sobre todo en la maravillosa avenida Lafayette-  y Queens al paso de la maratón. La ciénaga y la cinta que va para atrás aparecieron en ese mismo lugar, incluso antes de girar hacia el mastodonte beige. De nada pareció servir que, hasta allí, se había cumplido con la estrategia de carrera, sin dejarme “llevar por la emoción”, tal cual lo había aconsejado Luis Migueles. Una media maratón en 1h53 estaba dentro de lo planeado, porque a partir del Pulanski Bridge, donde se cumple esa distancia, se sabe que viene lo peor.

Pero no. Lo peor llegó antes incluso antes de recorrer lo peor. Una fuerza negativa que empezó a embrutecer las piernas, a cerrar los pulmones, a nublar la vista. El paso por el puente, en esas condiciones, fue más dramático de lo habitual. Y ni siquiera sirvió el aliento masivo del público, que impulsa al bajar, ni el particular de Fernando Díaz Sánchez y Leo Malgor, dos grandes entrenadores y amigos, apostados antes de que se encare la interminable First Avenue, ese río de cabezas contracorriente, que avanza a lo largo de 8 kilómetros. Contracorriente, en general, empezó a ser la carrera, y nada tenían que ver ni la fina llovizna ni el clima, relativamente benévolo. El problema estaba en uno. En el cuerpo de uno. Y en el Garmin, que empezó a cantar sin desafinar cómo todo se derrumbaba: ver el 6 delante, al marcar el ritmo en cada kilómetro, es un martillo que golpea el espíritu. Y saber que por delante quedaba 15 kilómetros, una invitación al desánimo: los caramelos Chews y los geles Gu se fueron consumiendo como los vasos de Gatorade y de agua en cada puesto de hidratación. Hasta las bananas y las esponjas se usaron para buscar un paliativo ante tanto dolor.

Nada. Las piernas seguían babosas, el pecho desinflado y la mirada borrosa. La sensación de errar el paso, como quien le pifia a un escalón, y de correr sin un línea de sentido y de ritmo, como esos conductores que van manejando y hablando por teléfono, era señales inequívocas de un deterioro generalizado.

Sólo una idea aparecía clara, en la mente: llegar, como sea. Aunque fuera retrocediendo a los tiempos de más de cuatro horas para los 42 kilómetros. Un atleta profesional, en esas condiciones, abandona: pasó en la última maratón de Berlín, cuando Kipsang y Bekele comprobaron, por distintas razones, que no podían seguirle el ritmo a Kipchoge. Argumentos les sobran: recudir el daño del capital orgánico por nada, como dice Díaz Sánchez, es el principal. El aficionado, en cambio, piensa de otra manera: llegar es un triunfo. Y no me iba a volver de Nueva York sin esa hermosa medalla en el cuello.

Titubeante, zigzagueante y agotado me propuse llegar.

Y pasando el kilómetro 40, más cerca del 41, reapareció él, Sergio Zilberman. Había largado un poco más atrás y me alcanzó allí: “¡Dale, Dani, enganchate y lleguemos juntos, así tenemos otra linda historia para contar”, me alentó, poniéndose a la par.

Con un hilo de voz le respondí: “No puedo, no puedo más… Andá vos”. Me insistió una vez más, pero ante la nueva negativa comprendió que no había alternativa. Lo vi alejarse con su remera naranja, mientras ni siquiera pude reconocer la voz de mi hija, Martina, en un grito de aliento, ya en la penúltima recta hacia la llegada, en su subida. Ella advirtió en mi gesto que algo no estaba bien. Unos minutos antes le había contado a alguien del grupo Amaisón, que esperaban a casi dos centenares de argentinos en esa zona, que yo siempre llegaba con una sonrisa. Lo que advirtió fue una mueca. De dolor y de disgusto.

Después del último codo hacia la derecha, apareció ese lugar incomparable, la llegada de la maratón de Nueva York, con el arco allá arriba, en los más alto, y dos tribunas colmadas a los costados. Me faltó energía para una sonrisa y ni mirar el reloj quise: 4h16m27, a casi 6 el kilómetro no era una marca para enorgullecerse.

Pero no me faltó lucidez ni vista para advertir que, apenas a metros después de la llegada, me esperaba alguien de remera naranja.

Sergio casi que me recibió en brazos, si no tal vez me hubiera caído. Me contó que me venía viendo desde un par de kilómetros antes, que le había servido como referencia, pero que le había llamado la atención mi andar errático. Apoyado en él y con él cumplimos con el emocionante ritual de recibir la medalla, junto con el “Congrats” de quien la entrega y él se encargó de recibir las bolsas con frutas, agua y Gatorade. Hasta abrió las botellas, una tarea imposible con las manos tan entumecidas como las piernas. Mientras engullía todo, escuché por primera vez: “¿No querés que pidamos médico?”.

Esta vez, no aceptó mi segunda negativa. Y él mismo llamó a una de las personas vestidas con remera roja y pantalón caqui, igual que otros que se habían ofrecido ya al ver mi cara pálida y mis ojos etrábicos.

Por alguna razón, apenas intentaron sostenerme ellos para acercarme a la carpa de asistencia, la pierna izquierda se me endureció, con un dolor que me hizo pegar un alarido. El alarido fue el llamado a un carrito, como si la cosa ya fuera más grave.

Entrar a la carpa, siempre acompañado por Sergio, fue hacerlo a un hospital de campaña, de esos que se ven las películas de guerra en televisión. Decenas de camastros de una plaza, con varios enfermeros alrededor de corredores caídos en batalla. Apenas me acostaron, como pudieron, las dos piernas se me paralizaron. Y creo haber perdido el conocimiento por un rato.

Apenas volvi, le pedí a Sergio que me marcara el número de Martina, para avisarle dónde estaba y mentirle que estaba bien. Casi 45 minutos, o más, perdí la noción del tiempo, les llevó volverme a la normalidad, en una tarea tan profesional y dedicada que me emocionó. Después de ese tiempo, el que haya sido, ayudaron a levantarme y volvieron a registrar mis datos, como lo habían hecho al entrar. Sergio siguió acompañándome en la larga caminata hacia los ponchos azules, tan clásico, y al reencuentro con los familiares.

Cuando Pilar, la camarógrafa del grupo Amaisón, me preguntó cómo me había ido, me salió la frase que construí en ese trayecto: “Fue mi peor carrera, pero es mi mejor medalla; me enorgullece haber llegado…”. Como me escribió después Clarisa Rios, la atleta de New Balance que corrió la maratón de 3h8: #elqueabandonanuncagana

Y cuando Pilar me preguntó si había sido emocionante, no hice más que señalarle a Sergio. Era más fácil eso que hablar, con la voz más quebrada que el cuerpo: “Si ese no es el espíritu del running, ¿dónde está el espíritu del running?”.