Y una noche, volvió "La Noche del 10"

Aquel programa fue, en su momento, una de las tantas resurrecciones de Maradona -que de muertes y resurrecciones está hecha su vida- y esta decisión de El Trece de volver a emitirlo ha sido, de algún modo, otra más.

Tal había sido la metamorfosis de Diego, que los realizadores del fantástico documental "Amando a Maradona", producido pocos meses antes en La Habana, básicamente, debieron agregarle al final una especie de nuevo capítulo, ya que Diego parecía físicamente otra persona.

La idea de la nota que sigue, y se publicó entonces en La Nación, fue compartir 48 horas con él, en días que incluyeran la emisión de su programa. Fue, tal vez, uno de los mejores momentos de toda su vida.

DOMINGO 11 DE SEPTIEMBRE DE 2005

Cuarenta y ocho horas en la nueva vida de Diego Maradona

"Hago lo que cualquier ser humano: levantarse, trabajar y disfrutar de la familia"

"El me contó que soñaba que la muerte lo venía a buscar, pero que no se iba con ella porque yo lo agarraba de un brazo y Dios del otro", dice doña Tota, susurrando casi, en el living de su casa de Villa Devoto, mientras espera que justamente él, Diego Maradona, su hijo, baje desde la habitación del primer piso, donde ha vuelto a instalarse después de más de veinticinco años.

A esa hora, casi las tres de la tarde, se respira siesta en el ambiente. Bajas, las persianas que dan a la calle Cantilo, y bajas, también, las voces. Apenas se oye la de Claudia, que llegó hace un rato y desde su celular organiza la agenda de su ex marido para ese lunes, que incluye, por supuesto, la conducción del programa más visto de la televisión argentina actual: "La noche del 10".

Doña Tota deja caer su frase con el mismo tono con el que alguna vez, se supone, dijo aquella otra que ha servido de repetido capítulo inicial para la leyenda: "Cuando llegué al hospital, el día que él nació, pisé una baldosa con forma de estrella". Mucho de renacimiento hay en este momento y por eso es inevitable relacionar las palabras de la mujer.

No es ése, en realidad, el único detalle en el que la historia parece haber vuelto mágicamente atrás: cuando Diego finalmente aparece, bajando por esa escalera semicircular que desemboca en el living, el impacto por su rejuvenecimiento es inevitable. "Buenas", dice, con una sonrisa que le inunda el rostro, y reparte un beso para cada uno de los presentes, enfundado en un jean que empieza a quedarle grande, aunque es talle 42, y una ajustada campera de hilo blanca que denuncia los 50 kilos que ha bajado en los últimos cinco meses, desde que decidió someterse a un by-pass gástrico.

Se nota que hace un buen rato ya que está despierto: por la cara y porque empieza hablando del partido de tenis que Guillermo Coria está jugando en Nueva York. Lo estaba viendo arriba, en el televisor de su cuarto, el que le arrebató a su hermana menor, Caly, hoy toda una mujer, casada y con hijos, residente en Miami.

"Cuando me instalé en la habitación, estaba toda pintada de rosa, llena de Barbies y de muñequitas. Entre Claudia y las nenas la decoraron de nuevo. Ahí tengo mi cama, mi ropa, mi televisor, unas cuantas fotos. Ya estoy negociando con mi viejo para copar el cuarto de al lado: tiro abajo la pared, hago una arcada y me instalo definitivamente", dice. Y don Diego, su padre, sentado cerca, asiente con una sonrisa: eso es lo menos que haría con tal de ver siempre así a su hijo.

Lily, la única soltera de sus cinco hermanas, que vive allí y es la encargada de mantener su habitación impecable, ya le ha preparado el almuerzo: una sopa bien cargada, casi un guiso, que Diego come sin apuro mientras vive el partido de Coria como un hincha. Ya no engulle milanesas con fruición, como hace un tiempo. Igualmente, parece disfrutar de cada bocado, mientras Kity -otra de sus hermanas, la que lo acompañó a Colombia para la operación y se encargó hasta de bañarlo, como cuando era un chico- empieza a preparar el café que vendrá después.

En el momento de la victoria de Coria se le ocurre que sería bueno tenerlo al tenista vía satélite, en el programa de la noche. Fernando Molina, el novio de su hija Dalma y también hombre de la producción, será el encargado de conseguirlo. "Pobre Fer: lo vuelvo loco; ya no sabe cuándo le hablo en serio y cuándo no. El otro día le dije que éste iba a ser su último programa y me parece que se lo creyó. Es un pibe bárbaro", dice, y enseguida comparte con todos las anotaciones sobre los papeles que le han entregado con los datos sobre sus invitados de la noche. Con marcador negro, de puño y letra, ha escrito las preguntas que le gustaría hacerles: "A Juampi Sorín le quiero preguntar sobre su fundación y sobre el partido contra Paraguay; a Charly, qué sintió cuándo se tiró de un noveno piso; a..."

Con el café, enciende el primer habano del día, un Romeo y Julieta. Con el mejor humor, apura la salida hacia los estudios, en Martínez. Son más de las cinco cuando se sube a la Grand Cherokee negra de Claudia. Se sienta del lado del acompañante. Raro en él que no quiera manejar. Eso y que no cargue todo el día con algunos de sus dos celulares encima son también síntomas nuevos.

En camino, hay que pasar por la casa de Habana y Segurola para buscar a Dalma y a Gianinna. Al llegar, es Diego el que se baja de la camioneta para tocar el timbre. Buen momento para preguntarle a Claudia si éste es el humor que muestra siempre, últimamente. Como él vuelve en medio de la respuesta, hay que contarle de qué se hablaba. Entonces, él mismo responde: "Sí, estoy bien, bárbaro... Por ahí me agarra el rebelde way, ¿eh?, pero se me pasa enseguida". Le agarró, según él mismo confesó, después del famoso segundo programa, del que se disparó la polémica por el tema de su hijo napolitano y del bendito gol a los ingleses. "Me encerré en mi habitación. Miraba películas, pero no miraba nada. Son esos momentos en los que uno se cae un poco. Pero Dalma y Gianinna me trajeron el material sobre los invitados del programa siguiente y me puse a trabajar. No les podía fallar a ellas", contó.

Ellas, justamente, se instalan en el asiento de atrás y no hay un gesto ni una palabra que las diferencie de cualquier adolescente. Es el gran mérito de Claudia, que durante los años más difíciles mantuvo a su familia en una burbuja saludable. "Ma, estás manejando como pa", le dice Dalma a Claudia, ante algunos movimientos bruscos que impone el tránsito. "Pa, hoy no te vas a poner los pantalones tan arriba como la última vez, ¿no?", le dice Gianinna a Diego, anticipándose al que será uno de los grandes temas más tarde: su vestuario. Mientras tanto, el brazo de él cruza por detrás del apoyacabeza de Claudia y entonces las dos juegan con sus dedos sobre el reloj blanco que su padre luce en la muñeca izquierda. Algo se dicen al oído.

Ese reloj blanco es un Channel de cerámica, de los que no hay muchos, y Maradona lleva otro idéntico en la muñeca derecha, viejo hábito que se mantiene. Nueva, en cambio, es la cruz que cuelga de su cuello y que no pasa inadvertida. "Me la compré en Colombia, antes de la operación. Me contiene mucho", dice.

-¿Te volviste más creyente con todo esto?

-No, igual que antes. Creo en Dios. Sólo en Dios. Línea directa con el "Barba".

"Mirá, mirá", le dice Diego a Claudia, y su dedo índice apunta a una camioneta que marcha adelante y en sus vidrios traseros muestra dos calcomanías, una con el inconfundible número 10 y otra con la firma de Maradona. "Pasalo, ponete a la par", le pide. Cuando Claudia lo hace, Diego baja su ventanilla y le grita cara a cara a su ignoto admirador, a toda marcha: "¡Hola, maestro!". El maestro aludido tarda cinco segundos en reaccionar y Diego ve por el espejo retrovisor cómo se agarra la cabeza y empieza a tocar bocina como un poseído. "Una vez le hizo lo mismo a un motociclista, que iba con la mujer y con el hijo, y el hombre casi se mata, porque soltó el manubrio y empezó a saludarlo", cuenta Dalma.

Poco después de las seis de la tarde, la camioneta se estaciona en el lugar de siempre, en el estudio Central Park. Diego entra como a su casa hasta el último camarín del primer piso, que tiene su nombre en la puerta. Enseguida enciende el segundo habano del día. Frente a él, bajo un espejo enorme, hay una mesada con un variado catering, que ni siquiera mira. Enseguida llegan Pablo Codevila, Coco Fernández y Gonzalo Moses, los hombres fundamentales de la producción de "La noche del 10" y lo ponen al tanto de algunos detalles.

Le preguntan si se animará a hacer una parodia de telenovela con Andrea del Boca. Por supuesto. "Es increíble este muchacho. Me hace acordar a Mareco", dice Codevila, al tiempo que ingresa Adrián Suar al camarín y pide algo de intimidad para que quede entre ellos un regalo que le trae a la gran estrella de su programación: dos relojes Cartier, idénticos por supuesto. Y uno más, rosa, para Claudia.

Sergio Goycochea, el coéquipier ideal, no para de hacer chistes que hacen de la vigilia del programa una distendida estudiantina: el último deciden incluirlo en el programa, aunque después se olvidarán. Se relacionaba con el blooper del Papa, cuando no reconoció a Pelé. Después de varios intentos por hacerle entender quién era el hombre que tenía enfrente, le decían: "Santo Padre, es el que estuvo en el programa de Diego". Y entonces llegaba la obvia respuesta del Papa: "¡Ah, hubieran empezado por ahí!".

Lo que sigue, tras las risotadas, es la prueba de vestuario. Laura, de Ona Sáez, ya le trajo varios modelos. Finalmente, Diego acepta las opiniones mayoritarias y saldrá a escena con un saco engomado, remera blanca, pantalón crema y zapatillas haciendo juego. "No te pongas el pantalón tan arriba, pa", le recuerdan las chicas. Juntos acuerdan que habrá un doble cambio de vestuario: smoking para cuando tenga que desfilar junto con Valeria Mazza y otra vez el modelo del comienzo para el mano a mano con Charly García.

Enseguida empieza la reunión con el equipo de producción más íntimo. Mientras Gianinna le lima las uñas, Diego revisa con Dalma las preguntas que les hará a los invitados y Fernando, el yerno, toma notas para escribir los cartelones que le servirán de ayudamemoria. Sólo media hora antes del comienzo del programa, él pide quedarse en el camarín con Claudia. Se afeitará y saldrá a escena.

Casi tres horas después, su humor no ha cambiado, a pesar de la maratón. En su camarín, recibe a cada uno de los invitados y también a sus acompañantes: todos quieren sacarse una foto con él. Son casi las dos y media de la mañana cuando, junto con un grupo más reducido, emprende el camino hacia la comida que cerrará la jornada. En una mesa de Rosa Negra, sobre Dardo Rocha, se sientan los Maradona, los Goycochea, los Codevila, los Francella, Adrián Suar... Diego le pide al mozo los spaghetti y el vino de siempre, un Cabernet Sauvignon del que él degustará una copa, en medio de las risas inevitables por los chistes de Francella, el análisis del programa que pasó y los planes para el que viene. Pero basta un comentario de Dalma sobre el sueño que tiene, cerca de las cinco de la mañana, para que Diego decida que es buen momento para irse a dormir.

El día siguiente será más tranquilo. Despertarse al mediodía para ir a renovar su pasaporte -no es que estuviera vencido, sino que ya se había quedado sin lugar para más sellos de entradas y salidas-, confirmar con Claudia el itinerario del primero de sus viajes a Italia -adonde viajará todos los miércoles, para volver cada domingo, hasta el 6 de enero- para participar de un reality show sobre baile, dormir una buena siesta, mirar más tenis por televisión, tomar unos mates con los viejos, ponerse un smoking para ir con Dalma a una fiesta, acostarse y volver a empezar. A vivir.

-Diego, tu vida está hecha de muertes y resurrecciones. ¿Esta es la última?

-Esta es mi vida. Es la que yo quería vivir y no podía. Hago lo que hace cualquier ser humano normal, y por eso cuesta tanto creer: levantarse a la mañana, disfrutar de su familia, hacer su trabajo. Hasta hace poco, yo hacía todo lo contrario: vivía a mil, pero no servía para nada. Como ya dije: dejé que mis hijas me vieran gordo, postrado y drogado en una cama. Y no quiero más.

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