El debut de Diego en la Selección Argentina

Me empezaron a hacer reportajes, notas. Me acuerdo de una por el título, porque resumía todo lo que me estaba pasando: A la edad de los cuentos, escucha ovaciones, decía. Claro, si en tres años, nada más, había pasado de Fiorito a las revistas, a la tele, a los reportajes. Fue todo tan rápido como lo cuento acá, tal cual.

Por eso debe ser que me ponían nervioso las notas. Me gustaban, pero me ponían nervioso. Yo no me la creía, no me sentía nadie y terminaba diciendo siempre lo mismo: dónde nací, cómo viví y qué jugadores me gustaban. Tuve que madurar demasiado rápido. Conocí la envidia de los otros, no la entendía, me encerraba en la pieza y me ponía a llorar. Maduré de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras... Me empecé a cuidar de lo que hablaba pero eso no es tan fácil. Nadie se pudo haber imaginado en aquel momento lo que hoy me pasa. Lo mío fue todo muy rápido, tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de sentir envidia por lo que hacían los otros, ¡si yo lo tenía todo! Que sé yo, me daba cuenta de que había dejado atrás una época de grandes esfuerzos, no sólo míos, sino también de mi familia. De mi viejo, de su sacrificio para acompañarme todos los días, cabeceando el sueño en el colectivo. Y ahora yo tenía la posibilidad de tener el auto estacionado en la puerta. Era un Fiat 125 rojo, guarda, ¿eh? No sé, me pasaban un montón de cosas, un mundo todo distinto y todo de golpe. Tan de golpe que aquel sueño mío, jugar en la Selección, se cumplió enseguida, cuando recién tenía once partidos en primera, ¡once!

Como todo en mi vida, las cosas se iban dando demasiado rápido. Esto pasó a principios del 77, apenas tres meses después de mi debut en Argentinos. Yo estaba con los juveniles y nos entrenábamos contra los mayores. Por eso Menotti, que era el técnico de la Selección mayor, siempre me veía. A mí me había citado don Ernesto Duchini, que era un maestro, un verdadero maestro, y jugábamos contra los grandes, contra Passarella, Houseman, Kempes, ¡todos monstruos!

En una de esas prácticas parece que la rompí, porque el Flaco me habló especialmente a mí. Cada palabra del Flaco era un silencio, dentro mío, sepulcral... Porque el Flaco era, ¡era Dios! Y ahí estaba, me hablaba a mí solo. Me estaba anunciando que iba a jugar en el amistoso contra Hungría, ¡que iba a debutar en el Seleccionado! Esto lo conté una vez y no creo que ahora encuentre palabras distintas para hacerlo... 

Cuando terminó la práctica, Menotti me llamó aparte y me dijo: Maradona, cuando salga de acá vaya al hotel a concentrarse. Lo único que le pido es que no se lo diga a nadie. Si quiere, coménteselo a sus padres, pero evite que se entere el periodismo. No me gustaría que se pusiera nervioso.

Lo tomé con calma. Al día siguiente, a la mañana, Menotti me volvió a hablar: Quiero decirle que si el partido se resuelve favorablemente, si el equipo llega a golear, es posible que usted juegue.

Yo seguía tranquilo. No sé por qué, pero el anuncio me puso alegre y no me preocupó para nada. Además, todo dependía de cómo le fuera al equipo. El domingo 27, el gran día, el del partido, no desayuné. Quería descansar todo el tiempo posible, así que me levanté a las once. Me bañé y vi televisión en la pieza del hotel hasta las doce. Después bajé y estuve charlando con los muchachos hasta que fuimos a almorzar. Volví a mi habitación y estuve viendo otro rato la televisión. Salimos para la cancha de Boca a las tres y media de la tarde.

Cuando el micro estacionó en La Bombonera empecé a darme cuenta dónde estaba, que me sucedía. Vi tanta gente que se acercaba, nos palmeaba y gritaba consejos que empecé a sentir que me temblaban las piernas... ¡Parece mentira el miedo que te puede hacer sentir la gente!

Primero se cambiaron los titulares. Después nosotros, los suplentes... Cuando aparecí en la cancha y escuché la ovación del público, los gritos, creí que todos me gritaban a mí, que todos miraban a Maradona. La verdad es que nadie me debe haber dado bolilla, pero yo sentí eso.

Empezó el partido y enseguida, penal. Entonces pensé: “Bueno, esto es goleada, preparate Diego”. Pero cuando el arquero lo atajó me di cuenta de que iba a ser muy difícil que jugara. Al toque llegó el golazo de Bertoni, y el segundo, y el tercero... y cada gol que hacíamos era como si me entrara una hormiga más en el cuerpo. Si la cosa seguía así, iba a entrar, seguro.

Yo estaba sentado al lado de Mouzo; después seguían Pizzarotti, el doctor Fort y Menotti. Iban veinte minutos del segundo tiempo cuando el Flaco me llamó: ¡Maradona!, ¡Maradona!, dos veces me llamó. Me levanté y fui hasta donde él estaba. Me di cuenta deque iba a jugar. Va a entrar por Luque, me dijo Menotti. Haga lo que sabe, esté tranquilo y muévase por toda la cancha. ¿Estamos?. Eso me dio coraje. Empecé a correr haciendo precalentamiento y ahí fue cuando oí que la tribuna coreaba mi nombre. ¡Maradooó, Maradooó! No sé qué me pasó. Me temblaron las piernas y las manos. Era un ruido bárbaro: la tribuna gritaba, lo que me había dicho Menotti me sonaba en la cabeza, el Japonés Pérez me alentaba: ¡Vamos, Diego, con fuerza! y todo se mezclaba.

Lo digo honestamente: tenía un julepe bárbaro.

La toqué enseguida. Sacó Gatti para Gallego y el Tolo me la dio a mí, de una. Lo hizo a propósito, me di cuenta que era una gran muestra de compañerismo. Me la dio rápido para que tomara confianza, para que tuviera la pelota. Fue ahí cuando lo dejé solo a Houseman con un pase entre dos húngaros. Entonces me serené del todo. Me alentaba Villa, me cuidaba Gallego, Carrascosa me gritaba ¡buena, buena! aunque no la hiciera bien.

Terminó el partido y el primer abrazo lo recibí de Gallego: ¡Así te quiero ver siempre, Diego! ¡Así! Me parecía mentira. Había pasado todo. Me fui a casa con papá y con Jorge Cyterszpiler. Cené y prendí la televisión para ver el partido. Me di cuenta de que me había equivocado varias veces. Le di una pelota a Bertoni a la derecha, y el que estaba solo en la otra punta era Felman; quise gambetear a un húngaro y la enganché muy corta: me acordé de que en ese momento pensé hacerla larga y después me arrepentí; vi la patada que me dio un húngaro sin la pelota, pero por televisión duele menos. Después me fui a dormir. No soñé nada. Dormí como nunca.