De Las Malvinas a La Mano de Dios

Cuando se cumplieron diez años del título en México '86, El Gráfico hizo un insert especial conmemorativo. La idea era que cada jugador recordara, en primera persona, aquellos días de triunfo. Y que lo hiciera con lo primero que le viniera a la cabeza.

Sentado a la mesa de la cocina, en su casa de Segurola y Habana, Diego Armando Maradona relacionó entonces, por primera vez, el triunfo contra los ingleses y la guerra de Malvinas. Hasta aquel momento, la palabra oficial había sido la pronunciada en la propia concentración del América, en la vigilia del trascendental partido. Por entonces, un Maradona muy enfocado en el fútbol, decía, increíblemente, “Yo de política no hablo”.

Y, sí, hablaba de fútbol…

Sin embargo, aquel día de conmemoración, contó lo que contó… En primera persona, textual.

“En aquellos increíbles días de México 86, Dios estuvo conmigo. Como tantas otras veces., pero diferente. Fue mi gran triunfo. Sin dudas, más que nada porque ganamos contra todo y contra todos: los detractores, finalmente, terminaron cayendo a nuestros pies. Eso sí. Hubo quienes, aún llegando a Buenos Aires con la Copa, no dieron su brazo a torcer. Pero yo también quise que ellos, los que nos mataron sin piedad, tuvieran la posibilidad de disfrutar de ese título…

Me acuerdo, apenas terminó la final final contra Alemania, aquel terrible 3-2, me abracé con todo el mundo y me puse a contestar los insultos del estadio Azteca. Como si pudiera hacerlo uno por uno con todos los que nos gritaban… Si recuerdo estas cosas con bronca, ahora, es porque tengo bien presente que aquellos fueron tiempos duros, muy duros.

Nadie, o sólo muy pocos, creían en nosotros. Yo, particularmente, tenía una confianza ciega aunque en los partidos previos habíamos jugado de terror, donde nos masacraron, sin entender que todavía nos estábamos preparando… Y Bilardo terminó de afianzármela con toda la responsabilidad que me puso sobre la espalda: para mí fue muy importante que me designara como el único titular, que me nombrara capitán. Son gestos que jamás voy a olvidar y que terminaron de convencerme de que sería el mejor jugar del mundo, aunque jamás me lo propuse: lo que yo quería era que mi equipo ganara…

Individualmente, mi mayor satisfacción fue el gol a los ingleses. Eso no se compara con nada y va más allá de cualquier copa del mundo en la que participé. Sentí –y siento, no lo niego- que ganamos con eso algo más que un partido de fútbol. Vencimos a un país. Fue nuestro aporte, a nuestra manera. Todos declarábamos antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de Malvinas… ¡Mentira!

En nuestra piel estaba el dolor de todos los pibes que había muerto allá, tan cerca y tan lejos. Sentimentalmente, hice culpables a cada uno de los jugadores ingleses –nuestros rivales- de lo que había sucedido. Y mis goles –los dos- tuvieron una trascendencia diferente: el primero fue como meterle la mano en el bolsillo a un inglés y sacarle una plata que no era de ellos; el segundo… tapó todo. Todos dicen que ese es el gol más grande de la historia de los Mundiales y a mí me llena de orgullo. También me compromete. Por eso repito una pregunta que me hizo mi hija Gianinna hace poco, mirando ese y otros goles en una película fantástica que resume mis años de fútbol: “Papi, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?”

Muchos años después, treinta exactamente, volvió a ver el partido entero, en su casa de Dubai, y así recordó el duelo contra Inglaterra.

INGLATERRA: THE FINAL, DE LAS MALVINAS A LA MANO DE DIOS

Nosotros nos alejamos de todo el quilombo que querían crear los argentinos, porque si era por los argentinos teníamos que salir con una ametralladora cada uno y matar a Shilton, matar a Stevens, matar a Butcher, matar a Fenwick, matar a Sansom, matar a Steven, matar a Hodge, matar a Reid, matar a Hoddle, matar a Beardsley, matar a Lineker, y, la verdad, no. No era así. Ellos eran sólo nuestros rivales. Lo que yo sí quería era tirarles sombreros, caños, bailarlos, hacerles un gol con la mano y hacerles otro más, el segundo, que fuera el gol más grande de la historia.

Me acuerdo, me acuerdo bien. Cuando los periodistas se enteraron que íbamos a jugar contra Inglaterra, en los cuartos de final, evitamos hablar porque sabíamos bien que las preguntas apuntarían más a cómo íbamos a gritarles los goles, si íbamos a hacerle el fuck you a la Thatcher, si le íbamos a pegar una piña a Shilton. Ya sabíamos cómo venía la mano, por eso elegimos mantenernos alejados, serenos. En todo caso, la cuestión iba por dentro. Y les aseguro que, por dentro, ardía. A mí me explotaba el corazón. Pero había que jugarlo.

En la previa, el tema de la guerra no pasaba desapercibido. No podía pasar. La verdad es que los ingleses nos habían matado a muchos chicos, pero si bien los ingleses son culpables, más culpables habíamos sido los argentinos por ir enfrentar a la tercera potencia mundial con zapatillas Flecha. Uno nunca pierde el patriotismo, pero uno hubiese querido más que no hubiera habido guerra. Y, en todo caso, que la hubiésemos ganado nosotros. Yo me acordaba bien del ’82, cuando llegamos a España: era una masacre de piernas y de brazos, de todos esos pibes argentinos regados por Malvinas, mientras a nosotros los hijos de puta de los militares nos decían que estábamos ganando la guerra.

Entonces, como yo me acordaba perfectamente de aquello, no jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darles un alivio a los familiares de los chicos y a sacarla a Inglaterra del plano mundial… futbolístico. Dejarlos afuera del Mundial en esa instancia era como hacerlos rendirse.

Era una batalla, sí, pero en mi campo de batalla.

Yo no le puedo echarle la culpa a Lineker. No, no, no, muchachos. Aquello era un partido de fútbol y así lo interpretamos, todos. Porque los ingleses fueron caballeros con nosotros. Incluso después que le ganamos, ellos vinieron a saludar. Les digo: a mí me quieren hacer enemigo de Inglaterra y no lo soy. Para mí, que ellos se acuerden de Bobby Charlton, por ejemplo, después de setenta años de no haber pisado una cancha, me emociona. Y, lamentablemente, creo que es una cosa que en la Argentina no voy a ver nunca. Si el Tata Brown fue campeón del mundo y no lo dejaron entrar a la cancha de Estudiantes.

De eso hablamos en la concentración, antes de salir. Es cierto que no era un partido más, ¡qué iba a ser un partido más! Jugábamos por primera vez en el Azteca, que quedaba a cinco minutos de la concentración, al mediodía: a las nueve y media de la mañana estaba prevista la salida del micro, pero a las nueve ya estábamos todos al pie del cañón, como soldaditos.

Y en el vestuario seguimos con lo mismo. De lo único que hablábamos era que íbamos a jugar un partido de fútbol, de que teníamos una guerra perdida, sí, pero no por culpa nuestra ni de los muchachos que íbamos a enfrentar. Y creo que eso fue suficiente para entrar a jugar con la carga justa, la necesaria.

Hay una foto que siempre recuerdo, muy linda, muy especial. Vamos entrando los dos equipos por una especie de rampa que tenía el estadio, detrás de un arco. Había casi 115.000 personas en la cancha, pero yo sólo escuchaba el ruido de los tapones sobre ese piso, medio metálico. Ya no nos hablábamos. Ni entre nosotros ni con ellos.

Ya nos habíamos saludado todos, porque antes había algo parecido a una habitación donde nos juntábamos con los rivales. Con Glenn Hoddle yo había jugado el partido de Osvaldo Ardiles, con la camiseta del Tottenham, y tenía buena relación. Pero además los ingleses se lo tomaron con una seriedad y un respeto terrible, como se debía, y nosotros con la misma seriedad y el mismo respeto.

Para ellos también era un momento muy difícil. Nos enteramos que antes del partido, le había hablado un tipo, creo que el ministro de Deportes, o algo así, para que tampoco se metieran en quilombos con declaraciones y para que no se dejaran llevar por la calentura en el juego. Los jugadores estábamos todos en la misma.

La carga estaba afuera, en lo que le podía agregar la gente, los hinchas.

Ojo, porque el público lo que quería ver era fútbol, también. Pero lo cierto es que la cuestión política estaba jugándose mucho más afuera, entre ellos y entre los propios gobiernos, pero no tanto entre los jugadores. La política siempre usó al fútbol y lo seguirá haciendo, que no quepa la menor duda. No es lo mismo sacarse una foto con un jugador de pato que con un jugador de fútbol y eso el político lo sabe y lo sabrá, por los siglos de los siglos.

Y no es lo mismo ganar un mundial, tener una selección que gane un mundial y tranquilice las cosas.

Hoy, con los ingleses me llevo de maravilla, de maravilla. Nos llevamos, puedo decir, porque cada vez que un Maradona aterriza en Inglaterra, como le pasó a Dalma o a Gianinna, apenas presentan el pasaporte le dicen "You, leggend". Me gusta, me gusta mucho como cambiaron los ingleses, como pasaron de los hooligans que mataban a todo el mundo a los que es hoy, donde vas y te podés poner una camiseta del Arsenal al lado de uno del Newcastle y no pasa nada.

Y hablando de camisetas, la azul que usamos contra Inglaterra, justamente, tiene una historia especial, muy especial.

Le Coq Sportif había hecho una camiseta titular linda, muy linda. Con agujeritos y todo, ideal para el calor terrible que hacía en México, sobre todo para ese puto horario del medio día. Pero se habrán olvidado que algún partido teníamos que jugar con la camiseta alternativa y mucha bola no le dieron a eso, me parece. Cuando jugamos contra Uruguay, en Puebla, se largó a llover y la azul que nos habían dado pesaba más que un pulóver mojado. Cuando se supo que contra Inglaterra nos tocaba a nosotros ir con la alternativa, porque ellos iban a jugar con la blanca, nos entró la desesperación a todos: ¿con el sol del mediodía y la altura del DF vamos a jugar de pulóver? ¿¡Y contra Inglaterra!? ¡¡¡Ni en pedooo!!!

Le pedimos a la marca que nos hiciera una azul con agujeritos, como la titular, pero nos dijeron que no había tiempo, que no llegaban.

Y allá salió el pobre Rubén Moschella, el empleado administrativo de la AFA, pobre, que resolvía todo. El me había conseguido la lista con los números de teléfono, de donde pudo sacar los gastos de Passarella, ¿cómo no iba a conseguir un juego de camisetas azules? Je, ahora parece un chiste, pero en ese momento era un drama. Y la verdad es que ahora también parece un chiste para un plantel profesional: ¿alguien se imagina a un seleccionado de hoy, en  un Mundial, buscando camisetas alternativas por los barrios de la ciudad, como si las estuvieran buscando en Once, en Buenos Aires? Bueno, así fue.

De cuarenta negocios que recorrió, Moschella encontró dos variantes, en un par. Ninguna tenía las agujeritos. Pero las dejó reservadas en los dos, pero tomó la precaución de venir antes a la concentración con los dos modelos, para consultar cuál comprar. ¡Podría haber comprado dos juegos de las dos, el hijo de puta, pero así se cuidaba el mango en aquella época¡

La cosa es que ahí estaban, con los dos modelos, mirando cual elegir, un día antes del partido. Me preguntaron a mí y no dudé ni un segundo. Marqué una con el dedo y les dije: “Esta. Con esta le ganamos a Inglaterra”.

A “esta”, eso sí, le faltaba el escudo y los números, pequeño detalle. El escudo lo bordaron dos costureras del América. Lo hicieron bastante bien, pero se ve que se durmieron, porque se olvidaron de poner los laureles. Y los números, lo de los número fue una joda… Cuando salimos a la cancha, algunos todavía teníamos brillantina en la cara. Y el Negro Tito Benrrós, el genio de los utileros, ni les cuento. ¡Estaba más para el carnaval de Gualeguaychú que para el Azteca, después de estampar 38 camistas, a pura plancha! Es que los números los hicimos plateados, con brillantina. Si se largaba a llover, como en el partido contra Uruguay, se armaba un quilombo bárbaro, no íbamos a saber ni quiénes éramos ni de qué jugábamos…

Así, con brillantina en la cara y en las manos, nos fuimos a dormir como a las once de la noche. Y el partido se jugaba al otro día, tempranísimo.

Lo de las camisetas no fue lo único que agitó la previa. Como si fuera poco la cuestión de jugar contra Inglaterra, Bilardo me fue a buscar a la habitación, que compartía con Pasculli. Raro, me pidió si podía salir. Claro, con lo que me iba a decir…

-Diego, voy a sacar a Pasculli…

-…

-Me la juego.

-Es su tema-, le contesté. Lo único que puedo decirle es que está destrozando a un tipo, que está ahí adentro y viene de hacer el gol del triunfo contra Uruguay.

-Sí, pero por ahí nos van a entrar mucho.

A mí, lo único que me importaba era consolar a Pedro, que lloraba como un chico, y lo único que me tranquilizaba era que entraba el Negro Enrique, un monstruo. Un tipo que lo había obligado a cambiar a Bilardo, que lo tuvo que convocar cuando casi no había jugado en la selección, y que volvía a obligarlo ahora, porque se ponía solo en el equipo con su personalidad.

El otro que entraba era el Vasco Olarticoechea. Para mí, un as de espadas. Nunca, nunca había sido titular hasta ahí. Pero se notaba que físicamente se había adaptado fenómeno a la altura y cada vez que le había tocado jugar, viniendo de afuera, la había descosido. La había dejado chiquita así. El Vasco entraba por Garré, que había llegado al límite de amonestaciones contra Uruguay. Si no, no se si entraba, eh, no se… Yo no quiero ser reiterativo, pero esas charlas de Bilardo que dicen que duraban una hora, es mentira; duraban 20 minutos, como muchos. Y algunas cosas, varias, se le fueron dando.

Cambiamos tácticamente, es cierto y ahí  le bloqueamos mucho más la mitad de la cancha, con un Burruchaga tirado por derecha, soportado por Giusti, por ese lado. Por el otro, lo mismo hacía el Negro Enrique, con Olarticoechea detrás. Por el medio, el Checho. Atrás, de líbero, Brown, con Cucciuffo y Ruggeri de stoppers. Arriba, Valdano, que se tiraba atrás, y yo.

La formación histórica, la que todos se acuerdan, recién en los cuartos de final. Hasta ahí, habíamos jugado con cuatro en el fondo.

Lo que pasa que este equipo fue muy inteligente, le jugó a cada rival como le tenía que jugar. No hubo un equipo que nos haya pasado por arriba o nos haya encontrado mano a mano. Noooo, todo lo contrario, salvo algunos minutos contra Inglaterra, al final, nunca pasamos sobresaltos.

A los ingleses los habíamos visto jugar contra Paraguay, le habían ganado 3 a 0. Nosotros sabíamos que tenían buen medio campo, combativo, pero también sabíamos que no eran pibes; eran ya hombres experimentados. Repaso la formación y me da la razón de eso: Shilton; Stevens, Sansom, Fenwick y Butcher; Hoddle, Reid, Steven y Hodge; Lineker y Beardsley.

A Hoddle yo lo conocía, creía que era el jugador a cuidar, tenía buen remate con las dos piernas, armaba el equipo. Y Beardsley, que iba a todas. Eso también lo hablamos con Bilardo, No contábamos con el morochito Barnes, que entró y nos complicó la vida… Cada vez que lo veo a Barnes -y lo he visto muchas veces, en partidos de la Champions, Inglaterra y en Dubai, está gordillo, como yo-, se caga de risa, como diciendo: “¡El cagazo que les hice pegar!”.

Y es cierto, el grone nos hizo pegar un cagazo bárbaro, pero eso fue al final, al final. Antes habíamos arrancado nosotros imponiendo las condiciones. Ojo, es cierto que algo nos pasaba por la cabeza, aunque nos habíamos preparado para que no fuera así. Todo eso de la guerra. El primer tiempo jugamos algo nerviosos, necesitamos 45 minutos para procesarlo.

Veníamos del partido contra Uruguay. Y, como ya dije, Uruguay había sido y terminó siendo, para mí, mi mejor partido y también el mejor partido del equipo. Pero, sin faltarle el respeto a Uruguay, enfrentábamos a Inglaterra. Y yo estaba convendido de que Inglaterra era un escalón más que Uruguay. Pero, ¿qué pasaba? Eso no implicaba, no implicaba tenerles más respeto, más respeto futbolístico. Nosotros teníamos un recorrido ya ganado y no podíamos dar un paso atrás, ¡no podíamos dar un paso atrás! Teníamos que seguir apretando para delante. Si le preguntan a Valdano, él les va a decir, les va a contar. En el entretiempo, yo les dije eso: “¡Muchachos, muchachos! Ni un paso atrás, viejo, ni un paso atrás!” Yo sentía que estábamos especulando un poco, y no me gustaba un carajo… Bilardo, ni mu. No dijo una palabra. O sí. “Tiene razón, Diego”.

¿Qué notaba yo? Varias cosas. Una, el estado del piso... Horrible, horrible. Incluso creo que en este partido la cancha estuvo genial comparado con la final, pero la verdad que era lamentable. ¿Y qué pasaba? Que nosotros estábamos más acostumbrados, quizás porque entrenábamos mucho más y porque nos adaptamos mucho más rápido a la cancha esa, por lo que veníamos haciendo en las del América.

La otra, el calor. Hacía un calor que no se podía, no se podía… Pero nosotros sí. Ellos sufrieron el calor mucho más que nosotros. Ellos se cansaron muchos más que nosotros.

Y, más importante todavía, la altura. Ellos venían de jugar en Monterrey, en el llano. Nosotros habíamos jugado dos partidos en el Distrito y encima vivíamos ahí. Ya no se nos reventaba el pecho, volábamos en la altura…

Por eso, a veces nos pegaban a destiempo. Pero sin mala intención. Nunca había vuelto a ver el partido completo, hasta ahora, y cuando lo veo confirmo lo que sentí aquella vez, que se jugó con una lealtad total. Si lo ven, se van a dar cuenta que los ingleses te pegaban patadas y te ayudaban a levantar. No se ve una tensión especial, como si se estuviera jugando algo más que un partido. Ahí, más que la tensión del pase de turno no se jugaba.

 Además, en ese mundial se acabaron las marcas personales. Yo siempre jugué libre, al margen del equipo que pusieran en la cancha. Yo, por ejemplo, los corría hasta ahí, hasta la mitad de la cancha y un poquito más, porque sabía que podía cerrar algún ángulo para que mis compañeros no sufrieran tanto.

Y así fuimos creciendo como equipo. A ver: nosotros no crecimos como equipo en los entrenamientos; nosotros crecimos equipo en los partidos, que eso le  quede claro a la gente.

Yo me sentía picante, más picante que nunca hasta ahí. Volaba. Agarraba la pelota y en el pique corto les ganaba segundos a los rivales. Pisaba con la punta de los pies y salía disparado, como Usain Bolt. A mí me aburría ver jugar a los equipos de Bilardo, pero no me aburría jugando. Yo no me aburría porque todos me la daban a mí, y sabían que era la primer opción, que me la podían dar siempre, estuviera donde estuviera y contra quién sea. Ya todos nos tenían otro respeto. Los árbitros también. Y ahí estaba el tunecino Alí Bennaceur, que se ve que había tomado nota de las patadas que me habían dado los coreanos, primero, y los uruguayos, en el partido anterior.

Lo digo ahora, y más allá de lo que pasó después, porque antes de los diez minutos, apenas había empezado el partido, tuve un arranque, dejé atrás a dos ingleses y Fenwick me bajó cuando estaba llegando al área. Ahí fue el tunecino y le sacó la amarilla. Fue una señal, una buena señal… Todo, la jugada y la sanción. Porque iba a tener otro de esos arranques y Fenwick iba a ser uno de los que se me cruzaría en el camino. Pero eso fue más adelante. Ahí, sirvió para marcar el terreno, aunque la jugada no haya terminado en nada.

Después, hubo un cabezazo del Cabezón, sí un cabezazo de Ruggeri, que se fue por arriba del travesaño y antes de los quince, Nery, que nunca fallaba, que era un relojito, nos hizo pegar el primer cagazo… Quiso salir jugando con los pies y, como es arquero, la perdió. Se la robó Beardsley, que a mí me encantaba, y le pegó desde el costado. Yo, desde la mitad de la cancha, ví volar la pelota hacia el arco vacío, y dije “cagamos”, pero no, pegó en el costado de la red.

Creo que fue una de las pocas de ellos. Nosotros manejábamos el ritmo y la pelota. La verdad, éramos muy inteligentes para movernos, sobre todo del medio para adelante. Atrás, el equipo ya se había afianzado. El Tata Brown era un Mariscal, que Káiser ni Káiser. Ruggeri y Cucciuffo te comían los tobillos, como stoppers. Y el Giusti y el Vasco eran dos relojitos por afuera. El Gringo hasta se animaba a llegar al área porque, claro, todavía no le habían puesto al negrito Barnes por su lado, entonces podía ser más mediocampista, que era lo que más sentía, que lateral, que en eso se le escapaba la tortuga… Pero en ese primer tiempo hasta tuvo una llegada contra Shilton. Se resbaló y terminó llevándoselo puesto al inglés, pero ni ahí pasó nada, nada… Contra otro rival, tal vez terminábamos a las piñas. Y contra los ingleses, justamente contra la ingleses, terminábamos todos dándonos la mano, como pidiéndonos disculpas. Lo vuelvo a ver ahora y lo confirmo. Así fue.

Es posible que la gente no se acuerde de eso, como tampoco que a la media hora del primer tiempo tuve una corrida parecida a la que vino después, pero no terminó en gol. Terminó en foul. Después tuve un tiro libre, que era más para centro, ahora lo veo, pero le pegué al arco. La quería meter, la quería meter… Esa era mi revancha, no putearme con los ingleses. Le pegué y se fue al corner y ahí si me enojé. Pero no con los ingleses; me enojé con el banderín del córner. Me molestaba y tiré a la mierda la banderita roja. Me acuerdo bien; vino Ulloa, el asistente, a obligarme a ponerlo de nuevo. Y yo me lo puse, pero en mi cabeza. Hay una linda foto de ese momento…

Después tuve otra corrida más, de sesenta metros. Esta afiladísimo, afiladísimo. Finito, volaba. Encaraba y sabía que no me iban a poder parar. O me bajaban o seguía, como me bajaron una vez de un codazo y el referí no vio. Pero, bueno, ¿qué le voy a decir al bueno de Bennaceur ahora, no? Si esa que no vio valió para que tampoco viera la otra, mejor… Sí, sí, la verdad que me tocó el inglés, pero no lo hizo queriendo: él fue a girar y justo yo me levanté. Por eso ni le reclamé: hablé con él, sí, pero en mi perfecto ingles le estaba explicando que lo entendía. La verdad, fue un partido de caballeros.

Los ingleses llegaron una vez más, antes de que terminara el primer tiempo, pero nosotros habíamos tenido la pelota. A mí, igual, no me había gustado. El dominio no nos servía de nada, de nada, si no la metíamos. Y no la habíamos metido.

Por eso dije que lo que dije en el entretiempo, en el vestuario. No quería que nos conformáramos con eso.

Apenas arrancó el segundo tiempo hice lo de siempre, pero esta vez con una intención especial: me persigné. Toqué con Valdano y arrancamos. No quería perder ni un segundo. Quería ganar ese partido, sí o sí, y sentía que había llegado la hora. Que había llegado la hora de cambiar la historia.

Cinco minutos tuve que esperar, nada más.

Cuando me la dio el Vasco, que había cruzado la mitad de la cancha con la actitud de un delantero, porque eso tenía de bueno el Vasco, yo empecé a encarar, con la pelota dominada, en diagonal desde la izquierda hacia el medio, con el arco entre ceja y ceja. La veía fácil, la verdad, la veía fácil para encarar porque estaban todos con marcas… Yo buscaba una camiseta azul para que me devolviera la pared, nada más, y sabía que después me iba a ir solo.

Cuando se la di a Valdano, le rebotó y se le fue un poquito alta, con Hodge al lado. Entonces Hodge lo anticipó. Y Hodge comete el error, que para mí no es un error, porque en ese momento le podías dar la pelota atrás al arquero, de levantarla para Shilton en vez de revolearla… Si Hodge la hubiera revoleado, la pelota no me llegaba nunca a mí.

Pero me cayó como un globito, como un globito me cayó. Aaahhh, qué regalito, papá… “Esta es la mía”, dije. “No sé si le voy a ganar, pero me la juego, si me lo cobra me lo cobra”. Yo salté como una rana, es lo que no se esperaba Shilton. El pensaba, creo, que yo lo iba a ir a chocar. Pero salté como una rana, fíjense en las fotos, que eso es  lo que habla de cómo estaba físicamente.

Le gané a Shilton porque físicamente estaba hecho una fiera. El saltó, sí, pero yo salté antes, porque venía mirando la pelota y él cerró los ojos. Shilton tenía la costumbre de pegarle con los dos puños a la pelota y para pegarle con los dos puños se le trabucó un poco. Si se fijan en las fotos, la diferencia que hay de Shilton a la mano mía y a la pelota, es grande. Shilton ni aparece  y, si se fijan en los pies, yo ya estoy despegando, y sigo para arriba, sigo subiendo, y él todavía ni despegó.

Digo que en el  salto parezco una rana porque tengo las piernas encogidas, como en cruz, como cuando elongás los aductores, y ahí se me notan hasta las costillas… Se me ve que no tenía ni un gramo de grasa, se me ve que tenía piernas fuertes.

Cuando caí, salí enseguida para festejar el gol. La pelota había salido fuertísima. Le di con el puño pero salió como si hubiera sido un zurdazo, más que un cabezazo. Llegó a la red y todo. Hice así, tac, y no me podían ver nunca… Ni el juez, ni el línea, ni Shilton, que se quedó perdido buscando la pelota. El que se avivó fue Fenwick, que había sido el último en quedarse de frente al arco conmigo. Pero después, nada más, ninguno más. Tocaron todos de oído, incluso Shilton. Shilton no sabía ni donde estaba.

Miré al referí, que salió para la mitad de la cancha; miré al línea, lo mismo. Y me fui corriendo a festejar.

Llegó el Checho primero que nadie, pero muy lento, como si viniera pensando “no lo cobra, no lo cobra”. Yo quería que se sumaran más, pero sólo vinieron Valdano y Burruchaga. Creo que ellos no quería ni mirar para atrás, para la cancha, por miedo a eso. Cuando llegó el Checho, me preguntó:

-Lo hiciste con la mano, ¿no?

Y yo le contesté.

-Cerrá el orto y seguí festejando.

Enseguida miré para el lugar de la tribuna donde estaban mi viejo y Coco, mi suegro en aquel momento. Les hice así, con el puño cerrado, y ellos me respondieron así, con el puño cerrado también.

El miedo a que lo anularan estaba todavía, pero no lo anularon.

Del gol con la mano no me arrepiento en absoluto. No me arrepiento. Con el respeto que me merecen hinchas, jugadores, dirigentes, no me arrepiento en lo más mínimo. Porque yo crecí con esto, porque en Fiorito yo hacía goles con la mano permanentemente. Y lo mismo hice adelante de más de 100.000 personas que no me vieron… Porque todo el mundo se quedó gritando el gol. Y si lo gritaron es porque no tenían ninguna duda. Así que, ahora, ¿cómo vamos a echarle la culpa a mi amigo el tunecino?

Le gané un juicio a un diario inglés que tituló "Maradona, el arrepentido", cosa que jamás se me pasó por la cabeza. Ni ahí, inmediatamente, ni 30 años después… Ni hasta el último suspiro, antes de morirme. Como le contesté a un periodista inglés, de la BBC, un año después: “Fue un gol totalmente legítimo, porque lo convalidó el árbitro. Y yo no soy quien para dudar de la honestidad del árbitro, je”. Lo mismo le dije Lineker, cuando estuvo en mi casa, en Buenos Aires, para hacerme una entrevista, también para un canal de allá.

Lo primero que me preguntó fue:

-¿Lo hiciste con tu mano o con la mano de Dios?

Y yo le contesté:

-Fue con mi mano. Pero con esto no quiero faltarle el respeto a los hinchas ingleses.

Y le conté que ya había hecho otros, que me quedé mirando si el referí y los asistentes mordían el anzuelo… El se dio cuenta –bicho, futbolista- que mis compañeros no venían a festejar y también me preguntó por eso. Entonces le conté que yo los llamaba, que vinieran a abrazarme, así nadie se avivaba.

Me acuerdo que me dijo que, una jugada así, en Inglaterra, la consideraban trampa y tramposo al que la hacía. Yo le dije que, para mí, era picardía. Y pícaro el que la hacía.

El diálogo fue lindo, yo lo sentí de futbolista a futbolista. Lo hicimos en el patio de la casa de mis viejos, en Villa Devoto

-¿Por qué dijiste lo deLa mano de Dios?-, me preguntó también.

-Porque Dios nos dio la mano, porque nos dio una mano. Porque es muy difícil que la jugada no sea vista por dos personas: el árbitro y el juez de línea. Por eso dije que fue la mano de Dios.

-Yo le echo la culpa al referí y al asistente, no a vos-, me dijo. Y el segundo gol fue la primera y única vez en toda mi carrera que tuve ganas de aplaudir un gol de rival…

Casi le dí un beso en la boca cuando me confesó eso.

-Es el gol de los sueños, el gol de los sueños. Nosotros, los futbolistas, siempre soñamos con anotar el mejor gol de la historia. Lo soñamos y lo tenemos en la cabeza… Y la verdad fue que, para mí, hacerlo ese gol fue fantástico. Y en el Mundial, increíble.

-¿Y mejor todavía hacérselo a Inglaterra?-, se puso picante, como si fuera un periodista de verdad.

Y yo le contesté de verdad, también.

-Hubiera sido mucho más complicado de hacer contra Italia, por ejemplo, contra Uruguay o contra Brasil. Fue mucho más fácil contra ustedes, porque el jugador inglés es mucho más noble, más honesto en la cancha.

 

El tipo quería saber más, más allá de los goles, quiero decir.

-Muchos dicen que ganaste ese Mundial solo, que no tenían un buen equipo. ¿Qué pensás?

-Teníamos un gran equipo. Un buen equipo que se fue armando con los partidos, por la inteligencia de los jugadores, y, sí… se volvió mucho mejor por mi presencia, ¿para qué te voy a mentir? Yo reconozco eso.

Pero le agregué y lo agrego: también estoy convencido que yo no gané el Mundial solo, es un hecho. Sin la ayuda del equipo podría haber ganado el partido contra Inglaterra, tal vez, pero no todos los que ganamos.

Me preguntó otra vez si no me sentía mal por el gol con la mano y yo le contesté que era un juego, que si el árbitro no se había dado cuenta, formaba parte del juego. Y Lineker se la rebancó, jamás me dijo absolutamente nada. O si: “Son cosas del fútbol”. Un grande, Lineker, siempre terminamos hablando así cuando nos vemos.

Shilton sí se enojó. Y va a seguir enojado por arquero. Dijo: “No voy a invitarlo a Maradona  a mi partido despedida...”. Ja. ¿Y quién quiere ir a un partido despedida de un arquero? ¿¿¿¡¡¡Y de Shilton!!!??? Shilton, al que se le rompieron los amortiguadores. ¿No vieron como camina? Fíjense, van a ver. Tiene que cambiar amortiguadores.

Yo hice muchos goles con la mano, muchos. En los Cebollitas, en Argentinos, en Boca, en el Napoli.

Con los Ce­bo­lli­tas lo hice en el Par­que Saa­ve­dra. Los con­tra­rios me vie­ron y se fue­ron en­ci­ma del re­fe­rí. Al fi­nal dio el gol y se ar­mó un quilombo terrible... Yo sabía que no es­taba bien, pe­ro una co­sa era de­cir­lo en frío y otra muy dis­tin­ta era to­mar la de­ci­sión en la ca­len­tu­ra del par­ti­do: vos que­rés lle­gar a la pe­lo­ta y la ma­no se te va so­la. Siem­pre me acuer­do de un ár­bi­tro que me anu­ló un gol que hi­ce con la ma­no con­tra Vé­lez, mu­chos años des­pués de los Ce­bo­lli­tas con la camiseta de Argentinos, y mu­chos años an­tes de Mé­xi­co ’86, con la camiseta de la selección. El me acon­se­jó que no lo hi­cie­ra más; yo le agra­de­cí, pe­ro tam­bién le di­je que no le po­día pro­me­ter na­da. Imagino que habrá fes­te­ja­do como loco el triun­fo con­tra In­gla­te­rra. No sé, me imagino.

 Con Boca le hice uno a Rosario Central y no se dio cuenta nadie, ni preguntaron, y le metí tac, cortita, al primer palo. Con el Napoli, después le hice gol al Udinese, otro a la Sampdoria. El gol al Udinese fue aquel en el que Zico me dijo, en la cancha misma: “Si no decís que fue con la mano, sos deshonesto". Yo le di la mano y le dijo: “Mucho gusto, Zico; me llamo Diego Armando ‘Desonhesto’ Maradona”.

Yo se que soy más ídolo en Escocia que en cualquier otro lado por ese gol, por el primero. En esos lugares donde no los quieren a los ingleses, soy Gardel. Ahí, soy más genio que en Fiorito. No entiendo inglés, pero se que los escoceses inventaron un himno, que cantan en la cancha cuando juegan contra los ingleses. Un día les pedí que me lo escribieran en un papelito. Lo tengo guardado. Cantan así…

Oh, Diego Maradona / Oh, Diego Maradona / He put the English out / out, out, out / put your left hand in / your left hand in / your left hand out / your left hand out / in, out shake it all / about, he put the / English out, out, out

No se, yo no entiendo nada de inglés, pero algo de que les metí la mano dicen. Y cuando lo cantan, se lo ve felices a los escoceses.

Para mí, eso sí, fue como robarle a un ladrón: creo que tengo 100 años de perdón.

La verdad, en la conferencia de  prensa no sabía cómo salir del brete. Y yo dije, pensando en todos los pibes que habían muerto, en todos ellos, y ahí si ya me sensibilicé, que había sido La mano de Dios la que me hizo hacer el gol. No que yo era Dios ni que mi mano era la de Dios: que la mano de Dios, pensando en todos los chicos destrozados en Malvinas, era la que había hecho eso gol.

Eso es lo que siento hoy, treinta años después.

En aquel momento, claro, salió de cualquier manera. Es más, me contaron que un solo diario publicó la frase. ¡Uno solo! Y fue Crónica, justo Crónica, el mismo diario que había sido fundamental para mi pase a Boca, en el 81, porque ahí yo había inventado que estaban interesados en mí cuando todavía ni habían movido un dedo. Bueno, lo cierto es que ellos publicaron mi frase, que en aquel momento fue así: “Lo juro por lo que más quieran; salté junto con Shilton pero le di con la cabeza. Lo que pasa es que se vio el puño del arquero y por eso la confusión. Pero fue de cabeza, no tengan ninguna duda. Si hasta me quedó un chichón en la frente. Lo hice con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios”.

Jaaa, me lo leen ahora, así, y me río. ¿Qué iba a decir en ese momento? ¿Lo iba a mandar en cana al pobre Ali Bennaceur?

Menos mal que no lo hice, porque cuando lo volví a ver, muchos años después, cuando yo ya vivía acá, en  Dubai, y él me recibió en su casa de Túnez, me pareció un tipo encantador, encantador. “Volvería a marcar el gol, Diego, volvería a marcarlo”, me dijo. “Porque yo no lo vi, pero mi asistente tampoco. Ni siquiera 100.000 personas en la cancha lo vieron”. Divino, Bennaceur. Me dio mucha ternura. Me abrió las puertas de su casa, muy humilde, vestido con una túnica gris. Cero rencor, cero. En mi gimnasio tengo un cuadro con la foto del gol con la mano y otra saludándolo a él, antes del partido, en el encuentro de los capitanes. Le pedí que me la dedicara y todo.

Yo se que los caretas ahora me corren con la tecnología. Y, ¿saben qué? Banco a muerte la tecnología en el fútbol. Pero todos tienen que saber algo. En ese momento, no había, como no hay todavía. Y si hubiese habido tecnología en ese momento y antes, Inglaterra no tendría la Copa del Mundo que tiene, porque el gol que le dan en el Mundial de ellos, en el 66, es vergonzoso. Medio metro afuera, y se lo dan.

Es cierto, con tecnología, mi gol no hubiese sido convalidado. Y hoy yo estoy de acuerdo con la tecnología. Es más, la voy a promover en la FIFA. Ya estamos hablando de que todo el mundo, todo el deporte, quiere transparencia, quieren gritar un gol justo después de ver la repetición, para ver si le pegó con la rodilla o ver si la agarro con la mano, como pasa en el fútbol americano, en el rugby, en el básquetbol, no podemos estar nosotros, los del fútbol, alejados de la tecnología. Somos pícaros, sí, todos somos pícaros.

Entonces ayudemos, en serio lo digo. Yo voy a ser uno de los que va a votar en la FIFA en favor de la tecnología. Pongámosle el nombre que quieran, Ojo de Halcón, lo que sea. No, La Mano de Dios, no. Lo pueden tomar mal los ingleses, y yo lo que quiero en la FIFA es unir a todo el mundo.

La verdad es que después del primero nosotros nos atrevimos a atacarlo a Inglaterra, cosa que antes del gol mío con la mano no habíamos hecho. No los habíamos atacado frontalmente: los atacábamos, pero una sí y dos no. A partir de ahí, cambió todo. Pero lo cierto es que, a esa altura, ya éramos un equipo mucho más ordenado.

Se que Peter Reid declaró en un documental que tiene pesadillas con ese partido, que todavía se despierta todo transpirado a la noche. Pero cuando me encontré con él, y no fue una sola vez, me habló del segundo gol, no del primero. Siempre me habla de ese gol, Peter Reid. El dijo, en ese programa de ESPN, que fue “una obra de arte”, que le daban ganas de pararse y aplaudirme, que no podían pararme de ninguna manera. Y a mí me dijo algo más, me dijo así: "Yo, cuando vi al potro salvaje que agarró velocidad, no pude más y me tiré al medio, solo. Me entregué".

Si ven el gol de nuevo, como a mí me lo hicieron ver millones de veces, se van a dar cuenta que eso es cierto. Lo estoy viendo ahora, mientras recuerdo. Ahí está, ahí está cuando Reid me deja. Qué momento…

La jugada nace ahí, en el pase de Enrique. Sí, más allá del chiste, el pase del Negro es fundamental. ¿Qué pasaba si le erraba por medio metro, eh, qué pasaba? Yo no la recibía como la recibí y no podía girar como lo hice, para sacarme a dos de encima, a Beardsley y al pobre Reid. En el giro ya me saco a dos, vayan contando… Enseguida se ve cómo Reid me abandona, cuando yo ya estoy lanzado, corriendo desde la derecha hacia el arco, dos metros más allá de la mitad de la cancha. Entonces me sale Butcher por primera vez. Yo le amago a irme por afuera y engancho apenas para adentro. Pasa de largo, el inglés, que gira y me empieza a perseguir, a perseguir… Yo lo voy sintiendo a él, atrás, a mi derecha, como si me estuviera respirando en la nuca.

Y también los veo a Valdano y a Burruchaga que me vienen pidiendo la pelota por el otro lado, por la izquierda, pero ¡los huevos se la voy a dar, los huevos! Si la pelota la traía yo desde mi casa…

Entonces me sale Fenwick. Y acá quiero hacerle un homenaje a los ingleses. Miren que no soy de regalarle nada a nadie, pero si hubiese sido contra otro equipo, ese gol no lo hubiese hecho, ¡no lo hubiese hecho! Me hubiesen volteado antes, pero los ingleses son nobles. Fíjense, fíjense, la nobleza de Fenwick, que me tira el manotazo, pero no me tira el manotazo en la cara… Me tira el manotazo acá, a la altura del estómago, y cuando me pega acá, es lo mismo que si me acuna como a un bebe. Nada. Ni lo siento, además de la velocidad y la potencia que traía. Pero, por eso digo que si hubiese sido contra otro equipo, quizás hoy no estaríamos viendo este gol. Después me leyeron por ahí que él dijo que estaba condicionado por la amarilla del primer tiempo, que tuvo que decidir en un segundo si hacerme foul o no, y que lo expulsaran. Cuando se decidió, me parece, la pelota ya estaba adentro. También dijo que, si me encuentra, no me daría la mano, pero yo creo que sí, que me daría la mano y hasta un abrazo.

Butcher sí me tira un patadón. ¡No se imaginan lo que fue la patada de Butcher! Me da acá, abajo, a ver si me podía levantar y tirarme a la mierda. Pero yo llego tan armado ahí, tan armado, que cuando la toco tres dedos para mandarla adentro, me importa tres huevos la patada de Butcher. Lo sentí más en el vestuario, el golpe: ¡cuando me miré el tobillo no lo podía creer, lo tenía a la miseria!

Como ya lo dije mil veces, en el momento no me acordé de aquello que me había dijo mi hermano, el Turco, pero sí me dí cuenta que, aunque sea inconcientemente, eso me había venido a la cabeza. Y a los pies. Porque defino como el Turco me había dicho que hiciera. Así lo conté, en su momento. Resulta que cinco años antes, en el 81, durante una gira por Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida, pero muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero... La pelota se fue afuera por eso, por nada, cuando yo ya estaba gritando el gol... El Turco me llamó por teléfono y me dijo: “¡Boludo!, no tendrías que haber tocado... Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero...” Y yo le contesté: “¡Hijo de puta! Vos porque los estabas mirando por televisión...” Pero él me mató: “No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés?” ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería...

Pero la verdad fue que Shilton me ayuda. Lo peor que hace Shilton, como se ve, es que no me tapa nada. A Shilton no le tengo que hacer ningún amague; le tengo que adelantar la pelota nada más... Hizo cualquier cosa menos taparme como un arquero normal. Cuando lo paso, yo ya sabía que era gol: la toco, tac, cortita, tres dedos para que la pelota entre mansita.  Y listo.

Ahí sí que salí gritando como loco. No necesité mirar al referí ni a nadie. Sabía lo que había hecho. Corrí por la línea de fondo y, cuando llegué al corner, me encontré con Salvatore Carmando, justo con él. Me abrazó y enseguida llegaron todos. Ese gol para mí tiene música. Y la música es el relato de Víctor Hugo. Me lo hicieron escuchar en inglés, en japonés, en alemán. Hasta, un día, me hicieron entrar con un video en el que, al final, la pelota se iba afuera. Pero el relato de Víctor Hugo, es único. Por eso lo copio y lo pego acá. Porque hasta leyéndolo es como si lo estuviera escuchando. Y vuelvo a emocionarme, como la primera vez.

"La va a tocar para Diego: ahí la tiene Maradona; lo marcan dos, pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio de fútbol mundial, y deja el tercero ¡y va a tocar para Burruchaga! Siempre Maradona... ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... ¡Goooooolll!! ¡Goooooolll! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golaazo! ¡Diegooooo! ¡Maradooona! ¡Es para llorar, perdóneme! Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste? Para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado, gritando por Argentina... Argentina dos; Inglaterra cero. ¡Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona! Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por éste... Argentina dos; Inglaterra cero."

Ese relato y las palabras de mi viejo, después, fueron un premio. Un premio como la Copa del Mundo. Mi viejo nunca fue de regalarme elogios o decirme “qué bien que le pegaste a la pelota” o “qué buen pase metiste”. Pero después del partido contra Inglaterra, cuando nos encontramos, me dió un abrazo y me dijo: “Hijo, hoy sí que hiciste un golazo”. Entonces terminé de tomar conciencia de que lo que había hecho, eso que había hecho, seguro que había sido algo muy pero muy grande.

Al Negrito Enrique y a mí nos tocó el control antidoping, me acuerdo. Pero cuando todos venían a saludarme y a felicitarme, en el vestuario, él dijo por primera vez la frase que quedó en la historia tanto como la mía sobre “La Mano de Dios”. Como si fuera hoy, veo los ojos saltones del Negro, los dientes blancos, riéndose a carcajadas: “¡Pará! ¡Todos lo felicitan a él pero el pase se lo di yo. ¡Lo dejé solo!”. Un crack, el Negro. En todo sentido. Como jugador y como tipo, más todavía.

 Y también me acuerdo que, en el vestuario, después del partido, me daban cada beso, ¡me daban cada beso! Pero me daban  besos de amor, en serio. En ese momento, sí, me sentí el mejor jugador futbolista del mundo. Lejos. Valdano me dijo

-Diego, ya con lo de hoy, que no le quepa la menor duda a nadie: no sos el jugador del Mundial; sos el mejor del mundo.

Había que dar ese paso, tenía que darlo. Después de los dos goles sí, sentí que a Platini, a Zico y a Rummenigge, me los había lastrado, me los había lastrado con sal y pimienta.

Nos estábamos duchando y yo seguía hablándoles, a él y a Burruchaga, de la jugada. Que cuando encaré a Reid, vi que conmigo, al lado mío, corrían dos camiseta azules, las de ellos dos. ”Una, la de Burruchaga y la otra eras vos”, le explicaba a Valdano. “Pero vos venías más adelantado y vos, a diferencia de Burru, me la venías pidiendo. Entonces, ¿qué pasaba? Que vos me servías de distracción a mí”.

Entonces, Valdano apagó la ducha de él, me apagó la ducha a mí, me dejó todo enjabonado como estaba, me miró con cara de enojado y me dijo…

-Pará, pará, pará…

-¿Qué te pasa, loco? Sí, sí, vos me servías de distracción a mí, te estoy dando las gracias. Si vos no venías por ahí, Fenwick no dudaba en ir con vos o en quedarse conmigo, para ir más directo a la pelota, ¿entendés? Fenwick te podía anticipar, por eso yo siempre tuve la pelota acá, al pie, para hacerlo duda entre metértela a vos o en seguir como hice. Por eso Fenwick no me pudó parar, ¿entendés, Jorge?

Y Jorge dejó de ser el intelectual, el pensador, el serio: “¡¡¡Anda a la concha de tu hermana!!!", me dijo. “Me voy a la mierda, no me baño más. Me estás humillando. No es posible que hayas visto todo eso, no es posible".

Les digo, les juro que lo ví. Y les jugaro que, a mí, eso me sirvió, porque si no, es cierto, Fenwick me salía a mí de una y por ahí me hacía foul lejos del área. Y si él me salía, yo le hacía “tac” a Valdano y quedaba mano a mano con Shilton.

Yo hice goles lindos de verdad, como el que le metí a Deportivo Pereira, de Colombia, en un amistoso con Argentinos. Un gol del que todos hablan y no muchos vieron. Hice goles más lindos que este con los Cebollitas, también, pero ahí me veían mi viejo, mi vieja, Francis. Nadie más. Pero, claro,  no con la magnitud que tuvo este. No, no, yo no soñé nunca algo así. No pude ni soñarlo.

Este gol está marcado a fuego.

Acá pueden venir los Messi, los Tevez, los Riquelme, y hacer diez goles cada uno. Mejores que ese. Pero nosotros fuimos a jugar un partido contra los ingleses después de una guerra, después de una guerra que todavía estaba muy fresca y en la que los chicos argentinos de 17 años habían ido a pelear con zapatillas Flecha, a tirarles con balines a los ingleses que marcaban a cuántos iban a matar y a cuántos iban a dejar vivos… Y eso, eso no se compara con nada. Y todo eso los padres se lo contaron a los hijos, y los hijos a sus hijos. Porque ya pasaron treinta años, eh, treinta años. Y lo siguen contando.

Entonces, claro, los chicos de hoy están con la Play Station, y yo con la Play Station no quiero saber nada, no me va, porque la Play Station te hace un jugadorcito, no te  hace un gran jugador, pero lo cierto es que todavía hay chicos de 10 años que se tatúan Maradona. Y eso, eso es una locura que sólo puede explicarse con un gol. O con dos.

Con los goles a los ingleses.

Yo creo que el momento sublime fue ese, ese que estoy viendo ahora, por primera vez después de tantos años: cuando el árbitro toca el pito y dice que todo termina. Que Argentina termina ganándole a Inglaterra 2 a 1, que termina y queda escrito para siempre que yo hice los dos goles, que termina y quiero llamar a Buenos Aires, otra vez, como aquella vez, para abrazarme con todos.

No recuerdo cuando fue la primera vez que vi estos goles con mis hijas, no lo recuerdo. Sólo se que ellas, Dalma y Gianinna, y Jana también, que lamentablmente la reconocía tarde, a los 18 años, sienten un orgullo especial por el padre, por los goles que hizo, por la carrera que hizo, y eso a mí me pone muy feliz. Como me puso feliz la primera vez que me dijeron, viendo esos goles y viendo otros: “Pa, ¿cuándo vas a volver a jugar como en los videos?”

Aquello fue algo único. No se puede poner... No se puede poner en palabras. No se puede escribir, no se puede decir. No se si, como muchos dicen, une el talento y la trampa de los argentinos. No lo se y no me importa. Pero sí se una cosa, y la tengo bien clarita, se enoje quién se enoje. Si yo fuera uno cualquiera, uno de Villa Fiorito, diría: “Cómo me hubiese gustado hacerle un gol con la mano a Inglaterra y un súper gol”. Si fuera cualquiera, un argentino de Villa Fiorito, juro que pensaría así.

Me preguntan por el gol de Messi a Getafe, pero… ¡¡¡por favooorm por favooor!!! No, no, no, no, paren, paren, paren, que yo le hice un gol mejor que esa a Deportivo Riestra, entonces. No entremos en en la estupidez del parangón idiota, porque no lo dejan tranquilo a Messi y me rompen los huevos a mí. “Porque Messi hizo el gol igual, blá, blá, blá”. No me jodan, hermano, por favor. No nos jodan.

Messi puede ser más grande que yo, puede serlo, cómo no. Ahora, yo le hice los dos goles a Inglaterra que le valieron a los chicos caídos en Malvinas y a los familiares de los chicos caidos en Malvinas. Les di un respiro, les di un consuelo y eso no lo va a poder hacer nadie más... Nadie más. Porque no va haber otra guerra, porque no puede volver a haber otra guerra, porque eso querría decir que volvió un Galtieri y nadie quiere que vuelva un Galtieri. Es imposible, imposible. Es posible que haya un gol más lindo, sí… Pero no creo, je.