El segundo Scudetto con Napoli

Un 29 de abril de 1990, Diego obtenía su segundo Scudetto con el Napoli. Parecía que se habían olvidado, de golpe, todo lo que les había dado: el primer scudetto, después de sesenta años; la Copa de Italia; la Copa de la UEFA, su primer título en Europa; dos subcampeonatos. Parecía que también se habían olvidado que me habían pagado un poco más de diez palos verdes y ya llevaban ganados más de cien. ¿La verdad? Estaba dispuesto a tirarles granadas por la cabeza.

Fue entonces que, casualmente, me empezaron a relacionar con la droga y con la camorra. Aparecieron unas fotos en el diario Il Mattino, que era de Ferlaino, y también en otras revistas fotos mías con Carmine Giuliano, al que acusaban de ser el líder de uno de los grupos camorristas, el capo de uno de los barrios más fuertes, el de Forcella... Que había camorra en la ciudad, no lo voy a negar yo. Pero de ahí a que yo hiciera negocios con ellos, hay un trecho muy largo: a mí nunca me rompieron los huevos. Era como que yo entretenía a la gente, entonces ellos decían: Con el pibe no se metan. Reconozco que era algo atrapante, ese mundo, lo reconozco. Para los argentinos, una novedad: La mafia, ¿cómo será? Era algo fascinante ver eso, pero claro, a mí me ofrecían cosas y yo nunca quería aceptar: por aquello de que primero te dan y después te piden... A mí me ofrecían ir a los clubes de fans, me regalaban relojes, esa era la relación que tenía. Pero si yo veía que no era clarita la cosa, no aceptaba... Pero era una época increíble: cada vez que iba a uno de esos clubes me regalaban Rolex de oro, autos, ¡autos! A mí, por ejemplo, me dieron la primera Volvo 900 que hubo en Italia... Y yo les preguntaba: “Pero, ¿qué tengo que hacer?”. Y me contestaban: Nada, sacate una foto. “Gracias”, decía yo, y al otro día veía la foto en el diario. Así fue que aparecí con Carmine Giuliano y su familia.

 Bueno, también decían que traficábamos. Desde Buenos Aires, entonces, mandamos un comunicado donde contábamos y denunciábamos un montón de cosas que nadie sabía. Y pedíamos protección para volver, porque si no se daban las condiciones de seguridad, ni locos aparecíamos por ahí. Detallábamos atentados que habíamos sufrido. Como una bola de acero que me tiraron contra el parabrisas de uno de mis autos, y que nunca habían sido investigados, o robos nunca aclarados, como ese en el que me llevaron el balón de oro del ’86. Denunciábamos que había un complot que ponía en peligro la vida de mi familia. Cosa que era cierta... 
Eso fue el límite, lo máximo, porque había habido otras cosas, pero chiquitas: como que no me dejaban ir otra vez a Merano, a la clínica del doctor Chenot, para empezar bien el campeonato. Pero eso era sólo un detalle, la guerra ya era muy sucia, era como vivir esquivando bombas... 

¿Decían que los napolitanos ya no me querían más? ¿Que era peligroso que volviera? Decidí volver y dar la cara, a ver quién era más guapo, a ver quién mentía.... ¿Hablaban de la camorra y de la droga? Claro, era fácil tirárselo a un jugador, que tenía que dar la cara, que tenía que enfrentar controles antidóping. ¿Y los dirigentes? Esos que venían a saludarte al vestuario y estaban tan duros que no podían ni hablar... 

Volví, entonces. En poco tiempo, otra vez gracias a Fernando Signorini, que durante todos esos días en los que yo había estado de vacaciones, había preparado un plan de trabajo impresionante, que terminaba en el Mundial de Italia. Volví contra la Fiorentina, el 17 de septiembre de 1989, y por primera vez me senté en el banco, con el número 16. Entré en el segundo tiempo, barbudo como estaba y... ¡erré un penal! Nadie me silbó, nadie de los que los diarios decían que me odiaban, me insultó, nadie. Al contrario. Por eso, a los únicos que perdonaba —y perdono— era a la gente: los demás, los que habían hablado, los que habían escrito, querían acomodar lo que habían desacomodado. Yo falté quince días a los entrenamientos y era un mafioso, un drogadicto y un camorrista. A la vuelta, aplaudido otra vez, era un pibe bueno. Y todo porque hacía mi trabajo, lo que llevaba haciendo, en aquel momento, durante trece años... Me molestó, me molestó mucho que Ferlaino y el club no me defendieran. Estaba preparando una revancha, una revancha que no se imaginaban. Era distinta a cualquier otra cosa que hubiera hecho antes en mis años de rebeldía.

Fue como si hubiera elegido los rivales para gritarles a todos a la cara: ¿Vieron, vieron que hay que pensar antes de hablar? Y al Milan, ¡al Milan!, al que supuestamente le habíamos vendido el campeonato anterior, le metimos tres, uno de ellos mío... Tres a cero, fue el 1º de octubre en el San Paolo, en uno de esos partidos que soñás de pendejo, me salieron todas.

A partir de aquel retorno contra la Fiorentina, jugué veinte partidos seguidos, uno mejor que el otro... Y cuando parecía que el scudetto se lo llevaba el Milan, que nos devolvió el tres a cero en el Giusseppe Meazza, el Barbudo (Dios) me volvió a dar una buena mano. O, mejor dicho, me tiró una moneda.

 Fue el 8 de abril del ’90. En aquella época, yo volaba, ¡volaba de verdad! Fuimos a jugar a Bérgamo y les cobramos a los hinchas del Atalanta, los más racistas de Italia, con su propia moneda. Le tiraron una a Alemao, cuando se iba para los vestuarios, le abrieron la cabeza y se suspendió el partido. Después, ¡el Tribunal nos dio los puntos! Y ya al final, cuando todos descontaban que el Milan se llevaba el título otra vez, pegamos el sorpasso, como dicen los italianos. El 22 de abril le ganamos al Bologna, al mismo Bologna que había provocado mi pelea con Ferlaino, por aquello de la cintura, el año anterior, mirá lo que son las cosas. Lo cierto es que cuando todos pensaban que aquel primer scudetto nuestro había sido un milagro, algo que no se repetiría jamás, estábamos allí, en las puertas del segundo.

La temporada que había empezado de la peor manera, con el drogadicto y camorrista, que era yo, al borde del abismo, terminaba con el título... Nunca había estado ni estuve físicamente mejor, nunca. Volaba.

Teníamos que jugar el último partido contra la Lazio, pero ya estaba todo dicho. Me acuerdo que me encararon los periodistas italianos en Soccavo, a la salida del último entrenamiento, y me preguntaron si no habríamos sufrido menos de no haber tenido yo todos los líos de principio de temporada, si no me arrepentía de nada. Como respuesta, me salió en el mejor italiano: “A me piacere vincere cosí”. A mí me gusta ganar así. El 29 de abril, con mis compañeros del Seleccionado argentino ya aterrizados en Italia para encarar la recta final hacia el Mundial, jugamos con la Lazio, el último partido. Un trámite, viejo, un trámite. Gol de cabeza de Baroni y a cobrar, a cobrar otra vez.

Los maté, estaban todos rendidos de nuevo, nadie podía decir una palabra. Sólo yo las dije: que la culpa de todo lo que había pasado no la tenía ni Maradona ni Ferlaino; que lo mejor que nos había pasado era traer un técnico como Albertino Bigon, que sabía hablar con los jugadores. Y ya el vestuario, después de la vuelta olímpica, mandé un mensaje para la Argentina : Este título, esta nueva alegría, es para mi viejo. Apenas terminó el partido hablé por teléfono con él y lloramos mucho los dos... Mucho... Me dijo que él se alegraba por mí y por los que están muy cerca mío. Pero por nadie más. No se olvida que la última vez me fui de Argentina como si fuera un delincuente, era poco menos que eso... Me dijeron irresponsable cuando todos saben que yo logré todo lo que logré luchando desde abajo, que cuando empecé no tenía ni para el colectivo... En todos lados se dijeron cosas muy feas... Y él, que es un viejo sabio, no perdona; no es tan blando como yo. Te digo algo: quisiera tener el cinco por ciento de su honestidad y sus principios... Lloré, lloramos juntos... Se lo dedico a él, porque sufrió por mí. Y le agradezco a Dios los padres que me dio.

Un rato antes, en la cancha misma, apenas escuché el pitazo final, había gritado, desde el alma y con todo el corazón: “¡Esta es la prueba de que yo me conozco mejor que nadie! ¡Y el pago para que me dejen vivir mi vida! ¡Quiero vivir mi vida, por favor!”.