VAR para creer

"A los seres humanos nos cuesta mucho aceptar que nuestras carencias o derrotas son culpa nuestra. Y cuanto mayor sea nuestra autoestima, cuanto más grande sea nuestra percepción de nuestra propia grandeza, más tendemos a atribuir nuestras desgracias a fuerzas malignas externas."

La tendencia a la autovictimización en el fútbol no es exclusivamente nuestra ni es precisamente nueva. Y el párrafo inicial no forma parte de un libro de autoayuda, sino de una columna que el periodista John Carlin escribió en El País, de España, a propósito de las constantes quejas de enormes clubes como Real Madrid o Manchester United, exhibiéndose damnificados por todo y por todos, pero más que nada por los arbitrajes, que siempre benefician... a los otros.

Pero lo cierto es que el fenómeno, aquí y ahora, parece más exacerbado que nunca. Cuando faltan algunas horas para comenzar la fecha que partirá por el medio este torneo (tan corto es que parece que comenzó ayer nomás y así fue) la mayoría compite en el fútbol de la Argentina para adjudicarse un título... ¿Ser el "mejor de todos" ? No, qué va: ser el "más perjudicado de todos" .

Los tres párrafos anteriores podrían haberse escrito hoy mismo, inmediatamente antes que esta línea, pero en realidad fue una reflexión publicada en La Nación hace casi siete años, en abril de 2011, bajo el título “La victimización como sistema” 

La referencia a un torneo “corto”, tal como se disputaban entonces, delata la diferencia temporal, pero lo cierto es que el problema, que viene en combo con la suspicacia y la sospecha, no sólo no ha perdido vigencia, sino que se ha profundizado. Ha cambiado –y cambia permanentemente, eso sí- quién asume el rol de víctima o victimario, según la época y según la circunstancia. Y ha cambiado –y cambia constantemente, también- el… responsable de poner el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Ya no está Julio Humberto Grondona, que supo construir poder como nadie desde ese lugar. Grondona no se enojaba, en la intimidad, cuando en público lo acusaban de manipular los arbitrajes del fútbol argentino, de decidir la suerte de algunos y la desgracia de otros: lejos de eso, disfrutaba de esa condición de dueño de los destinos de todos, de grandes y de chicos. Al fin y al cabo, a cada uno que se reunía con él, en las oficinas de la AFA o en la increíble mesa de plástico de una de las estaciones de servicio de su propiedad, le decía lo que su interlocutor quería escuchar. Grondona perfeccionó, si se permite el término, un mal endémico del fútbol argentino, que supuso del dominio de los grandes del fútbol argentino según los poderes de turno: Grondona no sólo los sobrevivió a todos –tiranos o democráticos, de izquierda o de derecha, de centro o indefinidos- sino que entendió que extendiendo su territorio a clubes menos poderosos extendía también su influencia. Lo importante no era lo que realmente sucedía, sino lo que se creía que él hacía. Así, las acusaciones contra él terminaban siendo funcionales para él, igual que lo son las acusaciones de violentos a los barras bravas.

Como legado, además de un torneo de primera división de 30 equipos que no es más que la expresión de su manera de construir poder en  forma de competencia, Grondona dejó la idea de que en la AFA todo se podía arreglar. Si era todo, si era mucho, si era algo, si era poco, no importaba demasiado: “Tener peso en la AFA” era la ilusión de contar con su magnanimidad y los hinchas de cada club le exigían eso a sus dirigentes.

Grondona se murió, se sabe, y además de ese legado dejó el descontrol y el caos que sale a la superficie cuando caen los dictadores. Grondonistas residuales y renovadores indecisos se enmarañaron en una disputa de sucesión que lleva ya muchos años y seguramente llevará muchos más, con aquel 38-38 como piedra en el zapato más que como piedra basal. Ya no es posible esperar a que “Grondona vuelva de Zurich” para dirimir las disputas y las peleas son cuerpo a cuerpo.

En el sillón de Grondona está sentado Chiqui Tapia, hincha de Boca pero representante del ascenso, socio político deportivo de Daniel Angelici (o sea, de Mauricio Macri, según la deducción más lisa y más llana), pero yerno de Hugo Moyano (sí, hoy el enemigo número uno del presidente de la Nación en cuestiones que exceden largamente el fútbol). Y enfrente están Rodolfo Donofrio y Matías Lammens, River y San Lorenzo, disidentes en su momento y disidentes ahora, con un fugaz paso por el poder real, hasta que Marcelo Tinelli perdió 38 a 38 aquella decisiva contienda. Alineados o desalineados, detrás o al costado según les convenga, se agrupa el resto. Y en el medio, claro, está el juego. El juego mismo y el juego del poder.

 Hoy, la pelota la tiene –parece tenerla, algunos afirman que la tiene, muchos suponen que la tiene- el eje Macri-Angelici-Tapia-Boca. El estadio de San Lorenzo, primero, y el estadio Monumental, después, fueron la sonora caja de resonancia de una denuncia que, sin querer queriendo se metió en lo político: seguramente muchos votantes de Macri se encontraron cantando contra el presidente que habían elegido y que, como toda respuesta pública, eligió mantener su agenda como si nada, y al día siguiente de las acusaciones en forma de insulto recibió en la propia Casa Rosada a Guillermo Barros Schelotto, amigo personal y director técnico de Boca.

¿Un gesto inoportuno e imprudente? ¿Una demostración genuina de conciencia limpia y aquí no hay nada que ocultar? ¿O una grondoniana demostración de poder?

El fútbol argentino es transparente: no por limpio, sino porque se le ve todo. Pasan más cosas de las que corresponderían y menos de las que se imaginan, pero son funcionales a todos: se quejan cuando son perjudicados y se muestran indulgentes cuando son favorecidos.

Boca se sintió ultrajado en aquellos días de la trilogía superclásica, cuando Funes Mori y Carlos Sánchez sobrevivieron a las tarjetas que Delfino no mostró en el Monumental y River no pudo seguir después del gas pimienta en la Bombonera: “Nos ganaron en el escritorio”, se quejó entonces Angelici. Y River se siente ultrajado ahora, cuando Baliño no ve un claro penal a Pratto y su asistente pierde de vista una posición adelantada del Morro García, mientras Boca se escapa en la punta de la tabla: “Espero que no haya nada raro. Quiero creer que no. Pero con situaciones como la de hoy se hace difícil”, se queja Gallardo.

La susceptibilidad impone sus condiciones, la suspicacia desborda y la sosprecha gana por goleada. Nadie es creíble y en medio de esa lucha de poder están los árbitros. ¿Incapaces o corruptos? Todos se le animan a la primera opción, porque es subjetiva y no tiene consecuencias, y muchos sólo insinúan la segunda, porque es objetiva y necesita pruebas. Lo cierto es que “todala vida pasó”, nunca se ha llegado tan lejos. O, en realidad, nunca se ha llegado tan cerca: a centímetros del “es raro” o el “es tan obvio” está la acusación llana y directa, que sobrevuela pero no termina de aterrizar.

En estas condiciones, el VAR (Video Assistance Referee) se vuelve una necesidad para el fútbol argentino. Imprescindible. Una herramienta más, con objetivo claro y simple: para ayudar al árbitro que se equivoca o para desenmascarar al árbitro corrupto. Vale tomar como referencia los últimos dos grandes partidos polémicos para entender, y aceptar, que hubiera funcionado.

En San Lorenzo – Boca no se habría convalidado el gol en posición adelantada de Carlos Tevez y no se habría expulsado erróneamente a Rojas. En River – Godoy Cruz se habría sancionado el penal a Pratto y no se habría convalidado el gol de Morro García. Ninguna fue jugada de apreciación: si Silvio Trucco y Jorge Baliño se equivocaron, habrían tenido la posibilidad de subsanar su error; si actuaron con mala intención, habrían quedado obligados a retractarse inmediatamente.

Horacio Elizondo, la máxima autoridad de los árbitros en la Argentina, viene pidiendo la asistencia de la tecnología desde hace tiempo, no de ahora. Volvió a hacerlo con más énfasis, es cierto, y también reveló quiénes son los que no lo quieren: los propios dirigentes de los clubes.

¿Por qué? River, claro, porque tuvo una mala experiencia en la semifinal de la Copa Libertadores, contra Lanús. Pero esa mala experiencia, por mala aplicación de la herramienta a disposición, debería ser el punto de partida de una nueva era: ¿alguien, en su sano juicio, supone que ante una jugada similar a aquella de la mano de Marcone en, por ejemplo, la final de la Supercopa Argentina entre River y Boca no sería revisada?

También se dice no a la tecnología porque “eso desnaturalizaría el juego”. Como si no estuviera desnaturalizado ya por la sospecha constante, por la paranoia perenne: todos prometen asumir el error como error, pero sólo lo hacen cuando resulta en beneficio propio. Lo contrario es campaña. Se denuncia la injusticia en contra; se justifica la injusticia a favor.

Elizondo no sólo se hizo responsable de la derrota por goleada en la última fecha del fútbol argentino (llevan una tabla con aciertos y errores, y fueron muchos en diferentes partidos, más allá de que los focos estuvieron puestos en el Monumental ) sino que se hace responsable del uso del VAR en el futuro inmediato, para esa final que se jugará en Mendoza el 14 de marzo, y en el post Mundial, torneo donde la FIFA está dispuesta también a usarlo.

Lo que se busca es transparencia. Que se vea todo. Y que también se vea limpio. Para que los argumentos de triunfo y las razones de las derrotas pasen pura y exclusivamente por el juego.