El Gráfico fue y será escuela

"Algún día voy a cruzar esa puerta para trabajar ahí", le dije a Lito, mi viejo, cuando el tránsito porteño nos detuvo, casualmente, en la esquina de Azopardo y México. Esa puerta de hierro y vidrio, de antes, tenía a un lado el 579 de Azopardo y al otro, en una placa señorial también de hierro, la marca: Editorial Atlántida S.A..

 Abrirla era como entrar al mundo pero más concretamente a las redacciones de varias revistas, entre ellas El Gráfico. Trabajar ahí, en El Gráfico, era lo que soñaba en aquel abril de 1982, en el mismo día en que muchos contemporáneos empezaban a desembarcar en Malvinas y yo apenas desembarcaba en Buenos Aires, recién llegado de Puan, para estudiar en el Círculo de Periodistas Deportivos. Trabajar ahí era, para cualquiera que en aquellos tiempos tuviera esa vocación, lo mismo que para un futbolista jugar en primera.

El sueño se concretó más rápido de lo pensado. A finales de 1983, después de unos pocos meses en Tiempo Argentino, Aldo Proietto pensó que era bueno llevarse con él, del diario a la revista, no sólo a Jorge Barraza sino también “al chico que cubre fútbol de ascenso, vestuarios de los partidos de primera y también rugby o básquetbol cuando es necesario”. Eran tiempos aquellos de redacciones con música de teclado y carro, tal como sonaban las Olivetti Lettera 67 en las que se escribía sobre “hojas pautadas”, y también de clasificar fotos apoyando el cuentahílos sobre las largas tiras de diapositivas, para identificar y archivar a los personajes que allí se volvían eternos, cortarlos prolijamente con una tijera y guardarlos más prolijamente todavía en pequeños sobres marrones con el nombre tecleado a la izquierda, el deporte en el medio y el año a la derecha. Como en la escuela, sí, porque eso era. Eran tiempos aquellos de “envíos de material” por avión, rollos sin revelar o notas escritas en papel que cruzaban océanos en manos de pasajeros conocidos en las filas de pre.embarque, desde cualquier lugar del mundo hacia Buenos Aires. 

“¿Qué recuerdos perduran de tus años en El Gráfico, si se pueden resumir en una respuesta?”, me preguntaron muchos años después, paradójicamente en una entrevista para El Gráfico, y la respuesta de entonces fue la misma que podría dar ahora, cuando la noticia es que El Gráfico deja de ser una revista: “Una maravillosa escuela de periodismo, de Nuevo Periodismo. Un lugar donde valía contar una gran historia y mostrarla con las mejores fotos y el mejor diseño, integral. Eso me enseñó El Gráfico, a contar y a mostrar. Y a organizar, también. Allí aprendí que una buena nota no es sólo cómo se escribe, sino también cómo se produce, cómo se fotografía, como se diseña. El Gráfico no sólo me permitió viajar por el mundo, sino que me permitió contar esos viajes”.
Allí, en ese aula, se escuchaba la particular voz del maestro Osvaldo Ricardo Orcasitas (O.R.O. en la firma en negrita debajo de las notas de básquetbol, Orito para sus compañeros y Osvaldo sin tuteo para quienes fuimos, y seguimos siendo, sus alumnos): “El archivo no muerde”, “La memoria no existe” o “Si tiene un error, no sirve” seguidas del “Pibe” más el apellido que correspondiera, fueron sólo algunas de las lecciones que quedaron grabadas para siempre, con vigencia eterna.  Como la de México ’86, cuando después de enviar una entrevista con el alemán Karl-Heinz Rummenigge, llena de datos de archivo y tal vez sin errores, recibí esta devolución de Osvaldo: : “Mirá, Daniel, es como si hubieras escrito la nota en Buenos Aires. Para escribirla así, no necesitabas viajar. Para la próxima, quiero saber todo: si hace frío o calor, si el personaje te tutea o te habla de usted, si te habla en alemán o en italiano, cómo está vestido, cuántos minutos te dio, que sabe de la Argentina…”. La próxima fue una entrevista con Michel Platini, que al día de hoy Maradona recuerda y reprocha, porque llevaba por título “Es un placer entrevistar a Platini”, pero que al día de hoy me genera orgullo, por haber aplicado alguna de las enseñanzas del maestro. 

Eso era (eso será por siempre) El Gráfico. Estar ahí para contar lo que nadie sabía o nadie veía. Por eso Ernesto Cherquis Bialo, a finales de 1985, me mandó a “pasar la Navidad con Maradona” y no a “hacerle una nota a Maradona en Navidad”. Que parece lo mismo, pero no es igual.

Eso era (eso será por siempre) El Gráfico. Como el futbolista que está en un gran club y sólo tiene que ocuparse de jugar, en aquellos gloriosos tiempos sólo había que ocuparse de contar. Todo lo demás corría por cuenta de “la revista”. Como aquella noche del verano del 96, en la que Maradona nunca llegó a Mendoza para jugar un superclásico, contra River y contra Francescoli, y con el gran amigo Fabián Mauri volamos a buscarlo… Volamos, literalmente, porque a la hora en la que el partido estaba comenzando nosotros pasamos por encima del estadio con una avioneta contratada de apuro para llegar esa misma noche a entrevistar a Diego en Villa Carlos Paz, donde se había quedado. Como en aquella gira previa a Italia 90, cuando Orcasitas se enojó con el Zoilo Horovitz, otro gigantesco compañero, y conmigo cuando le contamos, felices, que habíamos encontrado un hotel más barato en el centro de Viena. “¿Y dónde está el seleccionado?”, inquirió Osvaldo. “En las afueras, en un hotel cinco veces más caro”, le contestamos, pensando que era la respuesta correcta. Error. “Ustedes tienen que vivir donde vive el seleccionado; no importa el precio”, nos retó Osvaldo. Sólo así eran posibles “las notas de intimidad”, ese mostrar (contar, escribirfotografiar, ) lo que nadie veía. Todo se hacía en equipo, además: cronista, fotógrafo, diseñador eran uno solo (uno en tres, que no es lo mismo que tres en uno).

Eso era (eso será por siempre) El Gráfico. También la controversia, cómo no. Políticamente oficialista siempre, la manera de convivir con eso era contar (escribir) grandes historias, que equilibraran la balanza: algo así como meter un gol con la mano y después otro gambeteando a seis. También las tapas tenían lo suyo, sobre todo cuando “los flashes de venta” del martes al mediodía, el minuto a minuto del rating de hoy, empezaron a ser cada vez más influyentes. Recuerdo dos debates, ya sentado en la mesa chica de conducción. Uno, claro, el de “la tapa negra”. Para mí, no variaba el título (“Vergüenza”), pero sí la imagen: era una foto del Pibe Valderrama, dominante, con el pobre Gustaba Zapata desparramado a sus pies. Para Proietto era, y fue, aquel fondo negro, que tanto impacto tuvo. Tal vez, determinante en la historia de la revista. O quizá fue más determinante la otra, la del 96. Después de vivir (literalmente, vivir; desayunar, entrenar, almorzar, pasear, cenar) una semana entera con Claudio Caniggia, otra vez con Mauri de ladero, llegó el domingo, día del partido de Boca contra Lanús y día de cierre, también. Pues Boca ganó y Caniggia hizo dos goles. La tapa era, debía ser, Caniggia desayunando en su cama del hotel Plaza Francia. Pero no. La tapa fue Caniggia festejando uno de sus goles. Sus goles, que ya habían sido mostrados una y otra vez por la tele, ese rival que avanzaba, como una rueda gigante, pisándolo todo. En vez de escapar hacia adelante, de mostrar, de seguir mostrando, lo que en pantalla no sea veía, El Gráfico eligió quedarse en su posición, en su lugar, pensando que de tan grande, la rueda nunca le pasaría por encima. 

Un martes, justo un martes (“El martes es el día del deporte / porque en cada rincón de la Argentina…”), se anunció que El Gráfico deja de ser una revista. Será, por siempre, una escuela (para los que allí aprendimos a contar y para los que desde ella aprendieron a leer). Una fuente de inspiración (para los que soñaron con ser protagonistas y para los que soñaron contar las hazañas de los protagonistas). Una cofradía. Un lugar de pertenencia. Un objeto de colección. Una mística. Una idea. Un sueño.